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lunes, 17 de diciembre de 2007

La Cancha de Bochas, un viaje al pasado cercano



Buenos Aires, en los '80

La cancha de bochas

El aroma del guiso de lentejas traspasaba la puerta de calle, haciendo agua la boca. A esa hora, ya casi las 8 de la noche, las ganas de una buena comida podían más que el cansancio de un día largo, que comenzaba en el trabajo por la mañana y seguía en el estudio por la tarde. Ya el trayecto desde el Instituto en Belgrano hasta mi casa en Núñez daba para imaginar ese guiso o cualquier otra de las sabrosas comidas que Mamá preparaba para cada cena.
Sin embargo, esa puerta de calle que parecía tan transparente y liviana antes de abrirse, se convertía en una pesada exclusa de hierro cuando la abría y veía que Papá, otra vez, no estaba sentado a la mesa. La mirada distraída de mi hermano menor y los juegos inocentes de la más pequeña, no disimulaban la angustia y resignación de Má, cuando indefectiblemente, cada noche, yo le preguntaba

- ¿ Y Pá, dónde está ?

Mi ilusión de que dijera “está en el baño” o “se recostó un rato” duraba muy poco. La respuesta era, siempre, “se fue al bar”. Y entonces, esa compuerta que había quedado a mi espalda, se abría nuevamente, lentamente, mientras le decía

- Entonces esperame que ya vuelvo.

Las 3 cuadras que separaban la casa del club eran tranquilas calles de barrio. Quizá algún vecino haciendo compras de último momento se paseaba, bolsa en mano, rumbo al almacén. La mayoría de las veces, solo los perros que asomaban el hocico por las puertas de rejas saludaban mi cansino andar.

Al llegar al club, tragaba saliva y abría esa maldita puerta de chapa, que separaba el barrio y la familia del peor antro que existía, el que devoraba padres inocentes y trabajadores, y los quitaba de las mesas dispuestas para la cena hogareña.
Esa era mi bronca, interna, con la que trasponía ese umbral cada noche.
En realidad, el club era un tranquilo salón, con bar y comedor, que reunía a jugadores de ajedrez y truco, donde se debatía sobre fútbol, política y chusmeríos del vecindario. Contra un costado, a la derecha, estaba la barra, alta, con sus sillas con patas de cigüeña y la tv colgada de la pared.
Al fondo, saliendo por un estrecho pasillo, se llegaba a la cancha de bochas, que era de tierra bien pisada, con alambre sobre el lateral.

- ¿ Qué te parece, le tiro o arrimo al bochín ?

Yo escuchaba de lejos las preguntas que se hacían entre los compañeros de juego, pero mientras miraba, el latido cada vez más acelerado del corazón me ponía en el tema, en la razón de mi presencia allí.

¿Cuál sería? ¿Ese de espaldas, con el codo apoyado en la barra y fumando un cigarrillo?
¿O aquel otro, allá lejos, medio tapado por el gordo Alfredo, que se está fijando si la bocha lisa o rayada ganó el punto?
Era uno u otro. Pero nunca era alguno de los que sonreían alegremente con algún chiste o venía rápidamente a saludarme. No.
Era el de la barra, que en silencio tomaba otro vaso, o el que apenas podía mantenerse de pié en la cancha de bochas entre tiro y tiro. Siempre igual.
Yo iba, me hacía ver por él, me acercaba sin hablar. El me reconocía, creo que se sonrojaba, seguía en lo suyo y al rato, recién al rato, les decía a los que tenía cerca

- Me voy, parece que vinieron a buscarme.

Cuando salíamos del club, ya solos, me saludaba torpemente y comenzaba a caminar con paso dudoso rumbo a casa. Esas 3 cuadras se hacían eternas, pero servían para que se recompusiera un poco, antes de volver a abrir aquella puerta de calle, que ya no transmitía tanto rico aroma a comida casera.
Claro, se había enfriado.

Apenas entrábamos, todo se ponía en movimiento y en breves minutos, ya estábamos comiendo frente al televisor que seguramente pasaba las noticias.
Así fue durante mucho tiempo.

Un día, sin embargo, llegué a la casa y allí estaba, sentado a la mesa esperando que mamá le llenara el plato.
Y al otro día, igual.
El tiempo pasó y cuando nos dimos cuenta, Papá ya no tomaba.
El lento proceso había seguido su marcha, inexorable, hacia la curación. La curación de esa familia que de a poco salió del alcoholismo y se fue restableciendo en salud, primero física y después de todo tipo.
El proceso sigue, no concluyó. ¿Concluirá alguna vez?
No lo sé.
Solo recuerdo que aquella cancha de bochas era la odiada guarida y también la querida certeza de saber que, aunque fuera de a pedazos, contenía y retenía al gigante que algún día se iba a reponer de aquellos excesos.

Y pensar que nunca, pero nunca, me animé siquiera a intentar arrimar el bochín.

Fabián Piqué
fabianpique@bariloche.com.ar

martes, 11 de diciembre de 2007

Fabián El Viajero


Quien viaja seguido sabe que en algún momento, el mensaje llegará.

Dónde poner el próximo paso, para que lado mirar.

La música nos ayuda a veces a reconectarnos con nuestro propósito, en este caso el VIAJAR.

En todo sentido.

Existe una vieja canción, que escribió Chris Rainbow, cuando formaba parte de The Alan Parson's Proyect, que se llamó Days and numbers. Aunque no supe qué decía, siempre me gustó.

Un día la traduje, y aquí está.

Entienden? La redescubrí hace poco, y recordé aquella foto del "arco iris de sol". Es que Rainbow justamente quiere decir eso, arco iris.

Espero puedan escucharla alguna vez....


Days and numbers (The Traveller)

The traveller is always leaving town
He never has the time to run around
And if the road he’s taken isn’t leading anywhere
He seems to be completely unaware

The traveller is always leaving home
The only kind of life he’s ever known
When every moment seems to be
A race against the time
There’s always one more mountain left to climb

Days are numbers
Watch the stars
We can only see so far
Someday, you’ll know where you are
Remember
Days are numbers
Count the stars
We can only go so far
One day, you’ll know where you are

The traveller awaits the morning tide
He doesn’t know what’s on the other side
But something deep inside to him
Keeps telling him to go
He hasn’t found a reason to say no

The traveller is only passing through
He cannot understand your point of view
Abandoning reality, unsure of what he’ll find
The traveller in me is close behind

Days are numbers
Watch the stars
We can only see so far
Someday, you’ll know where you are
Remember
Days are numbers
Count the stars
We can only go so far

Días y números (El Viajero)

El viajero está siempre yéndose de la ciudad
El nunca tiene el tiempo para andar por ahí
Y si el camino que ha tomado no conduce a ninguna parte
Parece que él no se da cuenta para nada

El viajero está siempre yéndose de su hogar
La única clase de vida que él ha conocido
Cuando cada momento parece ser
Una carrera contra el tiempo
Siempre habrá una montaña más a la cual escalar

Los días son números
Observa las estrellas
Solo podemos ver hasta allí
Algún día, tu sabrás donde estás
Recuerda
Los días son números
Cuenta las estrellas
Solo podemos ir hasta allí
Algún día, tu sabrás donde estás

El viajero espera la marea matutina
El no sabe qué hay del otro lado
Pero algo en lo profundo dentro de él
Sigue diciéndole que siga
No ha encontrado una razón para decir que no

El viajero está solo de paso
El no puede comprender tu punto de vista
Abandonando la realidad, sin certeza de qué encontrará
El viajero en mí, me sigue muy de cerca

Los días son números
Observa las estrellas
Solo podemos ver hasta allí
Algún día, tu sabrás donde estás
Recuerda
Los días son números
Cuenta las estrellas
Solo podemos ir hasta allí
Algún día, tu sabrás donde estás

c 1984

Para poder escuchar la cancion, si tenes parlantes, podes entrar en este link y probar qué pasa...
http://www.youtube.com/watch?v=qHkGWO2yNOA&feature=related

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nada es lo que parece


Bariloche, Noviembre de 2007

¡Qué foto! ¿No?
¿Vieron qué lindo atardecer?

Nada es lo que parece

Vamos caminando por la vida convencidos de que estamos obrando de determinada manera. Determinada por nosotros, claro está. Que vemos y comprendemos a personas y situaciones que están al alcance de nuestros sentidos, que se van entrelazando con nuestro diario devenir.
Nos alegramos cuando algo más o menos sale como lo habíamos imaginado, como si nuestro esfuerzo u oportunismo hubiera sido el factótum excluyente.
Nos entristecemos o enojamos cuando algo o alguien nos saca de lo que habíamos programado encontrar o lograr, como si nuestra torpeza o desconocimiento alcanzaran para torcer solo una ramita de este mundo.
Las tetas y el porte al andar de A.
Los ojos y la mirada de E.
La boca y la sonrisa de la otra A.
Las piernas y la elasticidad de la otra otra A.
El cuerpo y la voluptuosidad de D.
Nada es lo que parece.
Mi reciente encuentro con M. me volvió a poner ante la reflexión de por qué suceden determinadas cosas. De qué es lo que está sucediendo verdaderamente. ¿Lo sabemos? ¿Lo sé? ¿Qué llevó a encontrarnos, a poder compartir lo que compartimos?
Nada es lo que parece.

Será cuestión entonces de seguir confiando y caminando.

Ah, el “atardecer” es una foto de una mesa de madera vista desde arriba…
Nada es lo que parece.

Fabián Piqué

fabianpique@bariloche.com.ar

martes, 27 de noviembre de 2007

Un Maestro


Bariloche, Primavera de 2007


El Paisaje
Cerca de Bariloche hay un paraje que se conoce como CarreLafquen (quiere decir lago verde), ubicado próximo a la divisoria de aguas, entre los llamados lago Gutierrez y Mascardi. Allí, sobre la ladera de la montaña, hay un gran bosque, mayormente de coihues. Y muchos cursos de agua clara, cristalina y fría, bajan entre los árboles.
En el invierno de 2006, llovió durante 3 días seguidos. Y la montaña “se vino abajo”, llevando troncos, piedras, y plantas, que aumentaron el ancho de esos cursos bajantes, en escasos minutos. En medio de ese pedregal, en plena pendiente, quedó en pié un coihue, solo, vivo. Con su copa aún verde y su tronco golpeado de un lado y entero del otro. Allí estaba cuando lo ví, hace poco. Antes yo, pasaba de largo. Ahora me habló y me anunció su presencia.


Un Maestro

Supo estar firme donde las aguas se dividen
Supo ser fuerte cuando escuchó “aluvión”
Se aferró a lo suyo, ser árbol
Y sobrevivió

Su copa verde muestra su búsqueda
Su tronco golpeado, su camino

Estuvo ahí por siempre, y fue alguien al ser visto
El humano que lo veneró
El ngwen que lo cuidó
Yo, en su recuerdo

El agua a un lado
Lo seco al otro
La vida, sol y sombra
Luz y agonía

Está allí, y estará
Cobijando pájaros
Susurrando historias

Está en mí y yo en él
Desde aquel día revivido a la distancia
Te siento, serás, seré

FP



fabianpique@bariloche.com.ar

sábado, 17 de noviembre de 2007

Mi encuentro con John


Dublín, Irlanda. Mayo de 2001

Mi encuentro con John

* La joven anciana

La historia empieza, indefectiblemente, con María. Mi querida amiga María, anciana quizás en el documento que debe mostrar su avanzada edad -confieso desconocer con exactitud este dato- pero joven en espíritu y muy fuerte en su andar por la vida.
Comienza 3 años atrás, en Buenos Aires, donde me encontraba en pleno proceso de traslado hacia mi nueva residencia, mi nuevo hogar allá en Bariloche. Estaba entonces de paso por mi ciudad natal, al momento en que sucede el primero de los hechos fortuitos que van encadenando esta secuencia. Había concurrido muy entretenido a un evento turístico que convocaba en un céntrico Hotel a gran cantidad de Agentes de Viajes. Muchos de ellos, colegas y clientes míos, a quienes a lo largo de años de profesión fui conociendo. Con el tema de mi mudanza, mis conversaciones giraban más en este sentido que en lo laboral. Tenía tiempo disponible, por lo que pude relajadamente tomar contacto con quienes estaban deseosos de saber sobre mi nuevo sitio de residencia. En una de esas charlas una profesional llamada Berta, con la que tenía cierta relación pero que distaba mucho de ser considerada una amiga, me extiende un papel con algunas anotaciones y me dice

- "Aquí tenés los datos de una vieja conocida mía que vive en Bariloche. Deberías conocerla."

No pregunté demasiado acerca de motivos e intereses para ofrecer aquel contacto, pero prolijamente guardé aquellos datos.

Un par de meses después, en otro de mis frecuentes viajes a la capital, pasé por Azul, distante 300 km. de ésta, a saludar a dos amigos. Uno de ellos, un colega que tiene su Agencia de Viajes en el centro del pueblo. El otro, un monje trapense que transcurre sus días en el Monasterio Cisterciense de Nuestra Señora de los Ángeles, ubicado en plena sierra rodeado de campos y bosques. En la conversación que mantuve con Antonio en aquel entonces, surgió de su parte un ofrecimiento espontáneo, casi íntimo, donde nuevamente un mismo nombre y un mismo teléfono aparecían ante mi vista : el de una tal María que vive en Bariloche.

- "Deberías conocerla", me dijo mi amigo el monje Antonio, coincidiendo en un criterio similar con el de Berta, pero sin existir entre ellos relación alguna.
Apenas regresé al sur, hice el primer llamado a "esa tal señora llamada María", con el mayor de los respetos, sospechando mas que sabiendo que nuestra gran diferencia generacional podría establecer barreras, al fin y al cabo lógicas, que quizás fueran insalvables. Me atendió una voz chispeante y locuaz, para nada sorprendida con el extravagante llamado "de un muchacho porteño que trabaja en temas de turismo y se trasladó recientemente a Bariloche y a quien un par de personas tuvieron la amabilidad de acercarle su número telefónico". No es mucho, si de presentación se trata.

Sin embargo las circunstancias quisieron que nuestro primer encuentro visual fuera finalmente en Buenos Aires, donde coincidimos por diversos motivos y donde aprovechamos, ambos, una invitación del amigo en común, el monje Antonio, para concurrir a un encuentro interreligioso que se celebraba con motivo del aniversario de Hiroshima. La reunión fue breve, tanto como era la estatura de la ahora conocida María. Su altura intelectual y cultural, ah bueno, eso era otra cosa...
Luego regresamos cada uno por sus medios a Bariloche.
Y así fue como un buen día del otoño de 1999 me acerqué por primera vez a su lindísima y cálida casa ubicada en medio de un frondoso bosque de especies autóctonas, a orillas del lago Moreno. El crepitar de los leños en el fuego, el delicado perfume a incienso y madera que rezumaba el ambiente, la plácida vista del calmo lago. Todo se presentaba para una tranquila charla, ideal para dar inicio a una amistad.
En aquel entonces John O´Donohue para mí no existía.
Pero bastó con que María viera entre mis preferencias cierta inclinación hacia lo espiritual, hacia la lectura, quizás hacia la reflexión, para dar rienda suelta a sus recomendaciones que por suerte con el tiempo fueron incrementándose en forma sostenida. Recuerdo entonces que ya en aquel momento me dijo :

- "Tengo un libro que acabo de leer y me parece precioso. Te lo presto, pero si no te gusta, no tenés obligación, me lo devolvés y listo."

Ella siempre, aún hoy, es directa para decir cosas pero es capaz de tener cierto grado de vergüenza al tener que sugerir una lectura. Incluso al recomendar un libro tan entrañable y amoroso, como me gusta llamarlo a mí. Sí, porque el Anam Cara es un libro amoroso, como si se tratara de alguien a quien uno pudiera transmitir ese sentimiento. Claro que María no tenía manera de saber en aquel entonces de mis gustos por lo celta, de mi curiosidad por lo irlandés, de mi reencuentro con lo cristiano.
Leí el Anam Cara en sólo tres días, abstraído por completo en la manera en que un sacerdote católico podía resumir en un libro aquellos vívidos puntos de contacto entre su religión ( y de hecho la mía ) y la espiritualidad celta, procedente de la profunda y verde región de Connemara, en el oeste de Eire.
Así supe de John O´Donohue.

** Anam Cara

Para aquellos que me conocen, es innecesaria la descripción del contenido del libro, pues seguramente me habrán escuchado recomendar su lectura o quizás directamente hayan recibido un ejemplar, ya prestado, ya regalado.
Para aquellos a quienes aún no tengo tan cerca, vaya este pequeño resumen:
El Anam Cara aborda desde un ángulo espiritual y religioso las etapas más importantes en la vida de una persona, desde el nacimiento a la madurez, desde la relación con el trabajo y el dinero hasta la amistad. Y por supuesto, la ancianidad y la muerte. Porque con ello completa aquel círculo con el que el saber celta mostraba el vaivén de la vida, el empezar, el seguir y el acabar de todas las cosas. De los humanos, de las plantas, de la tierra, de las estaciones, del día y de la noche. Entonces habla de un devenir amoroso, relacionando los sucesos inevitables con la felicidad, el estar con la realización, el llanto con la risa.

¿Quién era este señor que en esta época, ahora y siendo joven, escribía de esta manera? ¿Quién era y de dónde se había nutrido para plasmar estos dichos?
Es irlandés, tiene 46 años y hace sólo 5 o 6 que escribe, al menos para el público. Datos extraídos del propio libro, y por cierto datos menores a la hora de imaginar un posible contacto directo para cuando tomé finalmente la decisión de viajar a Europa, ya en pleno 2001, a 20 meses de los relatos iniciales de este escrito.
Para entonces, al hacer mi lista de deseos posibles y probables, que no es lo mismo, anoté: "Conocer personalmente a John O´Donohue". ¿Por qué no? ¿Acaso no es irlandés y yo estaría viajando a Irlanda? Que Irlanda es grande, dentro de todo. Si, es cierto. Que podría escribirle a la Editorial para tratar de tener más datos. Sabemos que esto es casi tiempo perdido. ¿Quién era yo, finalmente? ¿Cómo me podía presentar? No, esa no era la forma. Había que ir y ver. Y fui. O mejor, vine a Irlanda.

*** Eire

Antes de partir hablaba con María y otros amigos acerca de venir o no a estudiar inglés a Europa. El viaje a España era un hecho y la proximidad con las Islas Británicas e Irlanda era una tentación. Pero es cierto que a mis 38 años - y muchos de ellos con acérrimos esfuerzos hacia lo autodidacta- hacían que el estudiar en una academia quizás resultara algo extraño y extemporáneo. La balanza se decidió por Eire ya que representaba no sólo el estudio posible del idioma sino también el contacto con la cultura celta y los interminables y verdes prados y profundos acantilados que tantas veces había visto en fotos y películas. Inmediatamente me agregaba que así también tendría chances de contactarme con mi admirado escritor.

Los primeros diez días en Dublín me sirvieron para ir ablandando el oído al habla inglesa. De a poco notaba que aumentaba el nivel de comprensión y entendimiento aunque mi trabada lengua no soltaba muchas más palabras que antes. Con las primeras caminatas de reconocimiento de la ciudad fui descubriendo algunas librerías que parecían interesantes, por lo que me adentraba en ellas, hurgaba en sus estanterías y me lanzaba con las consabidas preguntas : "- ¿Conoce el Anam Cara?, ¿Sabe de algún libro nuevo de John O´Donohue?, ¿Por casualidad tiene idea de dónde vive?". A las dos primeras obtenía respuestas afirmativas. Conocían el Anam Cara y Connemara Blues era el ultimo libro editado por el autor. A la tercera, todos fruncían la cara en gesto de extrañeza.
Para el segundo fin de semana programé contratar un tour que me llevara a conocer el sur y el oeste de Irlanda, a lo largo de casi 700 kilómetros de ruta en 3 días. Suponía que allí encontraría castillos, dólmenes, suaves colinas y agrestes costas. Y así fue. Pasamos por antiguas construcciones anglonormandas como Rock of Cashel y Blarney Castle, ancestrales dólmenes como Poulnabrone, vertiginosos acantilados de 200 metros de caída vertical tales como los Cliffs of Moher, y visitamos ciudades importantes, entre ellas Cork y Galway, además de pequeños pueblecitos de pescadores, tal el caso de Doolin, frente a las Aran Islands.
Aquí teníamos reservada la segunda y última noche del viaje. Al llegar y mientras recorríamos despaciosamente sus no más de 40 casas, el guía recomendó para la noche a uno de los tres pubs abiertos, donde decía que podríamos escuchar música en vivo mientras disfrutáramos de cerveza negra tirada. Sonaba tentador para después de la cena que tomaríamos en el típico Bed & Breakfast reservado para el grupo, donde se ofrece una cocina para aquellos que decidan probar sus artes culinarias en lugar de ir a un restaurante, precisamente nuestro caso. Fue allí, entre spaghettis y vino tinto, que se me acercó un suizo del grupo, el más cercano a mí en cuanto a edad y gustos, y comenzó a preguntarme lo típico en estos casos: de donde provenía, las razones del viaje y varios etcéteras. Proseguimos la charla con preferencias sobre libros y allí coincidimos en señalar a Hermann Hesse y su Sidharta como referente clásico en nuestras respectivas bibliotecas. Entonces él mencionó a Coelho (por lo visto también se lee a Coelho en Suiza) y yo al Anam Cara, en un intento de recomendaciones mutuas. Decidimos proseguir la animada y lenta -por nuestras dificultades idiomáticas- charla en el pub que recomendara el guía. Apenas llegamos encontramos disimulados entre la multitud de turistas y locales que colmaban el recinto a cinco músicos que interpretaban en conjunto una serie ininterrumpida de melodías suaves en un volumen demasiado bajo teniendo en cuenta el bullicio de la gente que bebía y conversaba. Así y todo tomamos la famosa cerveza pero enseguida decidimos salir a las mesas exteriores del pub, donde lograríamos, si bien no menos ruido, quizás un poco de aire fresco. Logramos sentarnos y recordé que sería oportuno anotarle en un papel la recomendación del libro que le hiciera horas antes, no fuera cosa que la olvidara. Tenía una hoja de papel pero busqué mi lapicera y no la encontré.

Supuse que se me habría caído en el interior del pub, asi que ingresé nuevamente en su búsqueda, por cierto infructuosa, ya que no estaba por ningún sitio. Retorné al encuentro del suizo y lo vi conversando con dos señoras mayores. Conseguí prestada una lapicera y me acerqué a ellos y escribí entonces en el papel: "Anam Cara - John O´Donohue".
Cuando le ofrecí el papel con la leyenda a mi compañero de viaje, una de las señoras mayores que conversaban con él en ese momento puso el ojo en lo escrito, se dió vuelta hacia mí y dijo:

- "¿John O´Donohue? ¿Ud. sabe de su libro Anam Cara?"

Le contesto que sí, que tengo su libro pero no conozco al autor, y ante mi sorpresa me suelta un disparatado:

- "¡Pero si John O´Donohue es él!", señalando a una persona que estaba justo detrás de mí.

Cómo explicar la exaltación que sentí al darme vuelta y ver a un señor con barba prolija, cabello ondulado, suéter con las mangas arremangadas y una expresión entre divertida y concentrada.
Di los dos pasos necesarios para dejar en nada la distancia que nos separaba y le pregunté una, dos y tres veces si él era John O´Donohue, el escritor. No es que no me escuchara. Estaba demasiado cerca y la expresión en inglés para preguntar "Are you...?" era demasiado sencilla como para confundirla. Sólo que a cada vez que me contestaba "Yes, I am", yo le agregaba un "Nooooo, you are joking !" (¡estás bromeando!), y le volvía a preguntar.
Cuando caí en la cuenta de que efectivamente era quien se suponía que era, mi cara debe haberse transformado en la perfecta expresión de sorpresa con la que podría haberse hecho una máscara como aquellas que se utilizaban en el teatro griego. No tenía espejo, pero esto lo deduzco porque John debe haberse quedado observándome unos diez segundos antes de preguntarme: "Bien, y quién eres tú...?"

**** Momentos

A veces hay un momento mágico. Un momento donde uno no piensa, sólo actúa. Se puede pensar antes de un momento mágico. Como por ejemplo aquel que todos debemos haber soñado alguna vez en donde si nos encontráramos cara a cara con alguna persona admirada, algún ídolo o quizás un viejo amor, ¿qué le diría en ese momento? Tal vez alguien piense en un artista famoso, un científico brillante o un exitoso deportista. Pero en el hipotético caso en que esto sucediera, uno sabe íntimamente que todo aquello preelaborado se olvida fácilmente en un recóndito rincón de la memoria, para venir tiempo después a la conciencia, que muchas veces convoca la frase trágica: -¿Por qué no le dije tal cosa, cómo no le pregunté tal otra?
Pero si la magia existe, las palabras no son del todo necesarias, sólo ayudan a encaminar sensaciones, ordenar expresiones o redondear sentimientos. No hace falta más.

Pero antes de contar lo que sucedió en aquel momento mágico, voy a relatar una anécdota, para el caso simpática, que sucedió ese mismo día en horas de la mañana.
Habíamos dormido la noche anterior en la ciudad de Cork, la segunda en importancia de Irlanda, después de Dublín. Nuestro guía nos venía contando lindas historias, como la del Titanic, que tocó tierra por última vez justamente en este puerto antes de su fatídico viaje. Luego del desayuno marchamos hacia un sitio llamado Blarney. Allí, nos decía, conoceríamos al mejor preservado de los castillos anglonormandos que quedan como recuerdo de la ocupación inglesa, que duró 700 años. No poca cosa, pensando que son casi 10.000 los castillos que se reparten regularmente en toda la isla.
Y nos decía que este castillo contenía algunas de las leyendas mas significativas de las que se cuentan por estos parajes. Tal vez la más conocida es la que habla de que en la cima de la torre principal, hay una piedra (stone) que forma parte de la construcción, pero que tiene poderes especiales. Poderes que son transmitidos a aquel que la besa, generándole a la persona en forma inmediata el beneficio de la elocuencia en grado supremo. Simpática historia que aunque no compartiera en su contenido (creo en que las piedras pueden transmitir cierta energía, pero nunca algo tan "específico", claro está), me generaba curiosidad al ver la larga fila de turistas que esperaban su turno para estampar el consabido beso, abonando para ello una entrada de interesante valor. El costo del diploma y la foto oficial certificando el momento se pagaban aparte...

Yo estaba mas interesado en algunas construcciones que había en los alrededores del castillo. Ellas comprendían un sistema de túneles y cavernas que conectaban diferentes sitios antes disimulados por terraplenes ahora inexistentes y frondosa vegetación. También una serie de ordenadas construcciones de origen celta asignadas a rituales de druidas y brujas. Quizás demasiado ordenadas para ser del todo reales, pero que de todas maneras enriquecían en lo concerniente a un primer contacto directo con un dolmen o un menhir, por ejemplo. Esa mañana recorrí allí en Blarney, una escalera esculpida en piedra en cuya cima había un pequeño pasadizo. Al salir del mismo, un cartel decía que aquel que pasara por allí, recibiría bendiciones y aclaraba que se trataba de la "escalera de los deseos", haciendo cumplir aquellos pensamientos que se tuvieran en mente al subirla lentamente. La anécdota vale cuando se asocia a lo que ocurrió por la noche de ese mismo día en el pub.

Vuelvo al momento mágico.

- "¿Y quién eres tú?", me preguntaba John.

En ese momento, no recuerdo con qué palabras exactamente, le digo mi nombre, que estaba en Irlanda porque entre otras cosas (muy pocas otras cosas, le llego a aclarar) quería conocerlo a él y que en ese momento estaba yo perplejo por la situación. Él hace inmediatamente una muy correcta lectura de la situación y me sigue preguntando:

- "¿Y de dónde es que has venido a Irlanda?"
- " Desde Argentina", llego a balbucear

Y mientras expresa un

- "Oh, desde tan lejos!"

nos damos un cordial apretón de manos y me dice (¡él a mí !) que era un gran placer estar allí conmigo.
Entonces, en un instante de lucidez verbal alcanzo a expresar, en cierto tono divertido, que bueno, que habría que sacar alguna foto del momento, que si me podía por favor firmar un autógrafo, le presento a mi amigo el suizo, le digo que admiro y recomiendo su obra y no sé si alguna cosa más. Para ese momento habíamos generado una situación simpática: éramos dos tipos relativamente altos, de pié, hablando y celebrando un encuentro fortuito, rodeado de no menos de diez personas entre las que estaban aquellas dos señoras mayores, el suizo y otra gente, que se miraban y expresaban un "Oh, mira a ese señor que vino de Argentina a encontrarse con John !".

Al cabo de unos minutos, entre fotos, firmas y entregas de datos mutuos (no me iba a perder el placer de darle mi tarjeta personal, aunque le aclaré modestamente que no sabía para qué podría servirle a él), me llevé otra sorpresa: me pidió que lo siguiera ya que tenía que ir a su combie, donde otra gente lo esperaba. Quería que lo acompañara porque me iba a obsequiar y a firmar por cierto, uno de sus libros de poesía que llevaba consigo, llamado Ecos de la memoria (no confundir con Ecos eternos, que es otro diferente, también de su autoría). En el trayecto entre el pub y su combie, alcancé a preguntarle que si bien él sabía ahora porque yo estaba allí en aquel momento, yo aún desconocía el motivo de su visita a Doolin, esta pequeña villa donde estaba sucediendo toda la escena. ¿Tal vez vivía allí? No, no era el caso. Estaba también de paso, con un grupo de personas que llegaron de Estados Unidos, para las que él representaba en ese momento, el guía. De hecho, estaba trabajando. Sólo de paso, una noche, en Doolin, después de cenar, para escuchar música en vivo en el pub. Igual que yo.
Me entregó el libro y allí sentí que el momento estaba por concluir. Que se había hecho realidad un deseo. Y que ese deseo había llegado al corazón de la persona que lo había generado al escribir años atrás un libro. Entonces le di un abrazo y le dije, en el mejor de mis castellanos:

- "Sigue escribiendo, John !"

No sé si habrá entendido este pedido, esta expresión de deseos, pero con su cabeza hizo un movimiento afirmativo que a mí me dejó lleno de satisfacción. Subió a su combie y se fue.

Volví al pub en un estado de excitación y placer que se convirtió en risa suelta y contagiosa al ver al suizo y a las señoras mayores que estaban esperándome. Entonces me senté, nos pedimos unas cervezas y chocamos los vasos y brindamos por la vida y por muchas noches como ésa y no sé por cuántas cosas más. Luego de beber más de la mitad del contenido espumoso de un tirón, me enteré que las dos señoras mayores, ahora llamadas Fredda y Corry, eran en realidad parte del grupo que acompañaba a John. Entonces, más serenamente, comencé a preguntarles qué hacían, cuándo habían llegado a Irlanda, cómo era un día entero compartiendo relatos, escuchando experiencias y leyendo textos de la mano de tan conspicuo guía. Durante más de una hora me describieron los días siempre cambiantes e inesperados, en los que nunca sabían de antemano el tema sobre el que hablarían, qué sitio visitarían, qué nuevo invitado tendrían a su mesa. Para el caso, me decían que John había convocado durante esa mañana a unos músicos para que en privado para el grupo mostraran sus artes e hicieran una demostración de las melodías que extraían de sus instrumentos, todos irlandeses por supuesto. Los mismos músicos a los que por la noche habían ido a ver a ese pub. Como yo.

Y allí volvió el recuerdo a María. Y les conté a mis nuevas amigas que no podía dejar de recordar a una señora que vivía en mi mismo pueblo, allá en La Argentina, que probablemente tuviera una edad similar a la de ellas y que sería muy feliz cuando le relatara este día a mi regreso. Me miraron con unos ojos muy celestes y muy dulces, me dieron la mano muy amablemente y preguntándome si yo creía en la magia. Sonrieron.
El mundo puede estar en sintonía, ciertas cosas pueden suceder, si se desean de corazón y se actúa de corazón. Porque siempre hay que actuar primero para luego obtener. Actuar como expresión del hacer, honesta y sinceramente, lo que se desea.

Luego de un tiempo que ya no alcancé a medir, la combie regresó al pub para recoger a Fredda y Corry y llevarlas al Hotel donde dormirían esa noche.
John bajó a buscarlas y cuando me vio dijo en perfecto castellano:

- "¡Salud, amigo argentino!"

Levantó sus manos y las juntó en símbolo de paz, me sonrió una vez más y partió.
Besé a mis amigas, las señoras mayores, retribuí el gesto de John y me quedé allí, con el libro autografiado en la mano, una fresca cerveza sobre la mesa y el suizo, compañero de tour, dispuesto a brindar una vez más.

Fabián Piqué
fabianpique@bariloche.com.ar

viernes, 16 de noviembre de 2007

Un dia en capilla


Córdoba, Agosto de 2007

Me insistía mi amigo, tratando de convencerme de algo que yo ya tenía decidido hacer hasta momentos antes.

- Dale, aprovechá, te presto mi camioneta y si querés, te quedás en mi casa, que está vacía.

El caso era que si me quedaba ese fin de semana en Córdoba, bien me vendría el vehículo, pero seguro desestimaba el alojamiento, ya que permanecer en la ciudad no era, por mucho, la idea. Mi duda radicaba en que por más que había buscado compañía (quizá en el lugar equivocado, como estaba acostumbrado a hacerlo en los últimos tiempos), nadie había confirmado disponibilidad de tiempo o ánimo para escaparnos juntos a la sierra. Entonces, nuevamente la disyuntiva ya conocida de salir a la ruta en soledad, a descubrir caminos y lugares sin tener con quién compartirlos. Me decidí, finalmente; esa noche, a las ocho, nos encontrábamos en Plaza Colón para recibir las llaves del rodado, y tomar rumbo norte.

El tránsito, loco como siempre, no dejaba de sorprenderme ¿Cómo es que todavía hay tantos que desatienden las más mínimas prudencias y se largan a superar autos como si nadie más circulara en sentido contrario?
Estaba mirando fijo a uno que me acababa de pasar, cuando en eso me suena el fono por primera vez.

- Caro Fabián, te quería contar que me volví a pelear con mi novio, estoy muy “ofuscada” (le encanta decir siempre esta palabra) y me voy al Tigre para salir de Buenos Aires por el fin de semana.
- ¿Y no querés tomar un colectivo y venir a Córdoba, así nos encontramos aquí mañana?
- No grazie, prefiero estar sola, tengo mucha bronca por esta pelea…
- Bueno, suerte, escribime.

Otra chance que se caía, casi antes de comenzar siquiera a ser una posibilidad.
Al rato, otra vez el teléfono.

- ¿Te quedás finalmente en Córdoba este fin de semana?
- ¡Sí, al final decidí quedarme! ¿Querés venir a las sierras? Todavía estoy cerca y podemos encontrarnos en el camino…
- No, no puedo, solo quería saludarte y decirte que la pases bien, tengo familia que atender, aunque sabés que me gustaría, pero…

Siempre igual, el tema quedó “ahí”, volví a concentrarme en la ruta. El tránsito seguía pesado y los camiones sin luces se sumaban a los imprudentes velocistas.

Empezaba a tener algo de hambre cuando leí el cartel que indicaba giro a la derecha, salida a Capilla del Monte. La visión sospechada de las montañas oscuras a esa hora de la noche no le quitaban misterio e imponencia. Tomé el camino que decía “al cerro” y a pesar de saber que nada encontraría a esas horas, fui hasta la base y comprobé lo cercano al pueblo que estaba el sitio donde comenzaba la senda para el ascenso. Recién entonces comencé a buscar alojamiento, demasiado relajado para lo que me esperaba. Una y otra vez me decían

- Tengo todo lleno, incluso creo que casi todos los hoteles estaremos igual, no se olvide que es fin de semana largo.

¿Y? ¿No sabe acaso -pensaba- que cuando las cosas se tienen que dar, se dan de todos modos? Ya mascullaba la bronca contenida por tener que resolver solo otra vez estas cuestiones prácticas tantas veces enfrentadas. Me contuve, agradecí cortésmente y me dejé llevar por una calle oscura, lateral. Dos cuadras después, el cartel apenas iluminado mencionaba que en La Posada del Árbol aún quedaba una habitación disponible. Cara, eso sí, pero cómoda y con cable, desayuno incluido, y lo más sorprendente, pileta climatizada. Por fin podría estrenar mi malla, que llevara durante dos semanas sin sentido a cuestas en la valija. Decidí quedarme. Se me fue el hambre.
La habitación #10 tenía, por suerte, cama matrimonial, bien ancha, así que pude estirarme y leer un rato antes de dormir. Pregunté a la rubia que atendía si podía facilitarme folletos del lugar, por suerte disponía de ellos en abundancia, por lo que comencé a anotarme, ya más animadamente, la lista de lugares que iba a visitar al día siguiente. La magia comenzó a realizar prodigios, los nombres me aparecían uno detrás del otro: Uritorco –obvio-, Ongamira, Gruta de Lourdes, Los Terrones, y algo parecido a un centro de OVNIS, que casi se leía con lupa, al final del folleto.
Buena cama, dormí bien.

El día amaneció nublado, muy frío, sin viento. El desayuno rápido, la preparación del mate, la mochila, el agua y las frutas. Temprano, cuando casi todos aún dormían, salí rumbo al cerro con la clara intención de subir la mística montaña ¿Sería mística realmente? Todos dicen “-¿Y qué sentiste? ¿Te pasó algo?” El caso es que no esperaba nada en particular, así que pagué los $ 10.- que cobran para acceder al predio de la base y por donde comienza en ascenso, me anoté en la lista de excursionistas de ese día, y comencé mi trepada personal. Los carteles indicaban que se necesitan cuatro horas en la subida y se calcula en tres el descenso. Por eso no dejan subir más allá de las once y media. Apenas salí al bosque bajo que rodea la senda en sus primeros metros, y me cruzó un muchacho sin dientes que me sonrió y ofreció un bastón de apoyo para acompañar la subida. Le agradecí, hace tiempo que subo sin ayuda, pero su sonrisa me llamó la atención.

- ¿Qué hacés acá? ¿Sos guía?
- Si, me pagan si quieren que los acompañe, conozco bien la montaña y me gusta subir.
- ¿Y sos de acá? ¿Siempre hiciste esto?
- Bueno, vivo acá, pero hasta hace poco fui verdulero en el pueblo.
- Bien, gracias, contame entonces qué lugares de la montaña son los que más te gustan a vos.

Anoté mentalmente los puntos que mencionó y agradecí la piedrita que me regaló. “- Tome, es para la suerte.”, me dijo, y se fue.

¡Qué increíbles que son los incas! Me acordaba todo el tiempo de sus sendas, allá en Perú, donde uno cierra los ojos y los pies te llevan solos cuesta arriba sin pensar siquiera en torceduras ni nada por el estilo. Acá es distinto. Todo muy irregular, entre piedras sueltas, piedras pintadas, raíces desnudas, piedras rotas, piedras chicas y piedrotas. ¿Qué es lo que nos lleva a subir una montaña? Seguramente las ansias de ver paisajes desde lo alto, que llenan el campo visual de espacios abiertos, inconmensurables. Tal vez el simple hecho escuchado de tantos montañistas que dicen que suben “porque la montaña estaba allí”, delante de sus ojos. En mi caso agrego el ejercicio físico, que siempre me gustó experimentar. Pero el Uritorco tiene algo más. Tanta gente viene aquí para trepar sus laderas, llevadas por búsquedas de apariciones, luces (¿sombras?), ciudades intraterrenas. Todo se mezcla, la excitación crece a cada metro descontado a esa cumbre de casi dos mil metros.
Cuando me quiero dar cuenta, ya superé en mi carrera a las diez personas que habían salido desde la base media hora antes. Me preguntan cuál es mi secreto, me sonrío, los miro y les digo que suba cada uno a su tiempo, que disfruten del paisaje, que no se apuren. Pero en mi interior crece la certeza de que el cuarzo, tan abundante en la zona, debe gestar esa sensación de que voy siendo empujado para arriba, tanto como para no necesitar descanso ni tener sed. Miro el reloj, llego a la cumbre en apenas una hora y media, el mismo tiempo que me había indicado que tardaba el chico que hacía de guía cuando subía derecho, sin gente.
Arriba no hay viento, aparecen pájaros y un perro, me hacen compañía. Me doy vuelta y veo semiescondida, casi contra el suelo, una virgencita dejada allí vaya a saber por quién, me sonrío. No estamos solos. Las vistas son impresionantes…

Cuando escuché hablar por primera vez de Erks, me intrigaba pensar que había gente que podía contar tan suelta de cuerpo que una ciudad permanecía oculta debajo de la montaña, y que era regenteada por extraterrestres que a veces invitaban a humanos a recorrer sus pasadizos, a descubrir sus secretos.
Cuando escuché hablar por primera vez de platos voladores, sentía que una realidad muy lejana a mí existía en gente que gustaba de pensar en que era factible ver en la noche luces rondando los picos.
Ahora que estaba en Capilla del Monte, todo se hacía presente y cada palabra escuchada, cada texto leído, cobraba otro sentido, otra pertenencia. Ahora, ese terreno también me pertenecía.

Luego de cuarenta minutos mi tiempo arriba estaba cumplido, las fotos estaban sacadas y las ganas de enviar mensajes de texto desde el teléfono, no eran complacidas vaya a saber por qué rara razón de la tecnología celular.

Así, sin más, comencé el rápido descenso, que solo me llevó una hora. Busqué a Cristian, el verdulero y guía, para devolverle la piedrita de la suerte, que me había servido y mucho. Me agradeció y cortésmente me la regaló. Es un recuerdo, dijo, y se fue de nuevo en busca de turistas.
Tomé agua y recordé que el Centro de Ovnis cerraba al mediodía, así que intenté llegar al sitio a tiempo para una corta visita. Pero en el camino de bajada al pueblo me distraje con los comercios que bordean la calle, que ofrecen piedras, imágenes, aguas, todas ellas “bendecidas” por las energías del cerro. Cuando llegué a la dirección que figuraba en el folleto, estaba cerrado. Tomé la lista y miré el siguiente punto que había anotado la noche anterior: Ongamira.
De los comechingones había leído algunas cosas, que los mencionaba como los guerreros de la luna, de espíritu rebelde, que no se dejaron sojuzgar por los conquistadores, un poco a la manera de los quilmas en el norte.
Al llegar a las cuevas talladas por el viento y el agua en la piedra, allá en Ongamira, descubrí también que sabían muy bien elegir sus sitios de emplazamiento, y que allí estaba su historia. Leo en una placa que permanece apilada entre trastos viejos en el puesto de acceso donde cobran la entrada: “En homenaje a Neruda, que veraneaba en Ongamira, y que dijo que este sitio era el más triste de la tierra”. Le pregunto a la chica que atendía si sabía a qué se refería Neruda con semejante texto.

- Es porque en esta zona fue donde los comechingones murieron a manos de los españoles, aquellos que no querían rendirse fueron tirados a un acantilado y los demás, prefirieron suicidarse solos.

El chileno debe haberse sentido muy tocado para dejar en sus escritos aquella frase. Miré para arriba y distinguí 3 aves parecidas a cóndores merodeando el cielo, tranquilas, girando en círculo.
Al regresar en dirección a Capilla, pasé por la Gruta de Lourdes, que no era una gruta natural, sino que es un sitio al lado del camino que fue acondicionado para recibir la imagen de la Virgen donada por la Diócesis de aquel querido pueblo francés, y que posee unos bancos para sentarse a orar. No había nadie, pero una suave música sacra salía de una construcción cercana, por lo que decidí descansar un rato y tomar unos mates, lo primero que hacía por mi estómago desde el desayuno. Recordé mi viaje a Lourdes, justo antes de comenzar a andar por el Camino de Santiago, y la imagen que llevo colgada al cuello de la Virgen, traída de allí, que mira hacia mi cuerpo, como para tenerla siempre de cara a mi pecho. Y también a aquel amigo terapeuta que me contó que sentado justo en este sitio donde estaba tomando mate, dirigiendo un grupo de meditación, “vio” caminar entre ellos al “flaco”, como cariñosamente se dirige a Jesús, que los acompañaba y los alentaba.

Ya era media tarde, el clima seguía frío y nublado, el sol no aparecía, solo se insinuaba. Continué mi regreso al pueblo. Dos carteles más me llamaron la atención. Los Terrones se presentaba como un remanso para el relax, la meditación y las caminatas en medio de sierras entrecortadas, con curiosas formas, que dan a las espaldas del Uritorco.

Y el paraje El Pajarillo, apenas a pocos kilómetros de alcanzar el acceso a Capilla.

Todavía sin tanto apetito como para interrumpir mis visitas, y sin cansancio en el cuerpo, a pesar de la subida al cerro de la mañana, me fui derecho al Centro de Información de Ovnis a ver qué encontraba. Un jardinero que trabajaba en el modesto parque de la entrada, vio mis dudas para entrar y me dijo “-Pase, tiene que entrar nomás y golpear la puerta, que le abren enseguida”.
Luego de varios intentos, y cuando ya creía que no había nadie, una mujer con acento caribeño me abrió la puerta de chapa y me hizo entrar. El lugar era muy precario, lleno de libros en las paredes, posters viejos con imágenes de platos voladores y muchas fotos, de personas y lugares, con textos hechos a máquina que decían de quién se trataba en cada caso.

- La entrada es libre, no cobramos, Ud. puede dejar luego un dinero, si quiere, en ese tachito. Ya le llamo a “Jorge” para que venga.

¿Quién sería Jorge? Miré entre los dibujos y las fotos y encontré una que me llamó la atención. Era de la sierra cercana a El Pajarillo y aparecía el pasto como quemado, con un círculo de casi 100 metros de diámetro, y un texto que decía: “este es el lugar en que la pobladora encontró la huella del OVNI, que luego fue documentada por Jorge e investigada por estudiosos de todo el mundo”. Lindo comienzo.
Y entre los libros, estaba la colección completa de Caballo de Troya, de JJ Benítez, que se encuentran entre los más fantásticos que he leído alguna vez.
Me sorprendió curioseando y con su voz grave y apagada me dijo

- Buenas tardes.
- ¿Qué tal? Lindo lugar el suyo. ¿Hace mucho que está aquí con este Centro?
- Veinte años.

¡Veinte años! El hombre era muy parco y sus pocas palabras indicaban que seguramente mucho chanta habrá visitado su casa y se habrá querido hacer el piola, intentando sacarle datos para luego malgastarlos entre amigos, riendo de los locos de Capilla. Lo respeté, mantuve mi atención en los libros y me decidí en comprarle uno de su autoría que se llama Luces sobre el Uritorco, de manera también de colaborar con su obra de sostener ese lugar.
Cuando retorné al centro del pueblo, una multitud se había acercado a la carpa blanca que estaba instalada en la plaza, y el cartel del acceso decía: Feria Natural. Me acerqué y para mi asombro encontré casi 30 stands de gente que presentaba la más variada gamas de terapias y elementos orientados a lo alternativo, a lo esotérico, que nunca haya visto en ningún sitio. Y todo tremendamente concurrido, con gente sonriente, en plenas charlas e incluso, en algunos casos, en pleno trabajo. Pasé delante de un puesto que vendía frasquitos con Agua de Erks. La mujer que atendía me sonrió y me preguntó si sabía que era Erks. Le dije que sí, y seguí mirando otros puestos. Ella me seguía con la vista y su sonrisa. Después de mirar todo lo que se ofrecía, volví a pasar delante del puesto de la mujer sonriente y le dije

- Bueno, creo saber qué es Erks, pero mejor si me lo decís vos, ¿querés?
- Claro, es la ciudad intraterrena que tenemos aquí debajo del Uritorco, yo lo sé porque mi familia tuvo un evento muy fuerte relacionado a esto, y desde ese momento yo trabajo con estas gotas.
- ¿Qué les pasó? ¿Me querés contar?
- Mi marido dormía una noche, cuando empezó a hablar entre sueños, diciendo que lo estaban llevando a lugares increíbles, que ya regresaría pronto. Yo estaba acostada a su lado, obvio que él permanecía quieto, creí que tenía pesadillas, pero seguía sin despertarse y así estuvo horas y horas. Cuando volvió en sí, recordaba haber estado lejos, acompañado por entidades que desconocía, ya que nuca habíamos sabido nada de seres extraterrestres ni de OVNIS ni nada de esto, así que para él era todo muy sorpresivo. Yo le dije que no había ido a ningún lado, que siempre había estado acostada a su lado, no podía creerlo. Desde ese momento, él cambió. Y yo también. Terminamos un matrimonio de 33 años, seguimos felices cada uno en lo suyo y yo descubrí que las mujeres de 50 ya tenemos la chance de manejar nuestro propio control remoto en la vida, que ya no necesitamos de alguien en quien estar apoyadas siempre y todo el tiempo. Ahora disfruto de mis nietos y hago lo que creo mejor para mí y para los míos.
- Sí, es verdad, creo que las mujeres de 50 ya no necesitan de bastón, mal que nos pese. Aunque tampoco deberían creerse que siempre todo es mejor solas, hay algunos que ya estamos comprendiendo, creo yo, por dónde va la mano. ¿No?
- Puede ser…

Creo que el mensaje estaba dado, en uno y otro sentido.
Seguí caminando y fui a cenar, solo, a un lindo Restaurante de pastas, con una buena cerveza artesanal para celebrar semejante día.

Esa noche leí más de la mitad del libro de Jorge, no podía creer su relato de cómo se fue presentando su propia vida, una vez que dejó Adrogué para instalarse con su familia en Capilla y ser funcionario público, además de comerciante, allá por los años 80. Y cómo, siendo funcionario, un día se presenta una pobladora de más de 70 años, en la Intendencia, pidiendo que alguien vaya a su campo a ver aquello que había sucedido en la noche, que había quemado de esa forma tan extraña el pasto. Jorge fue, cámara en mano, a cubrir un evento vecinal sin mayor expectativa que dejar asentado el reclamo de aquella anciana y se encontró, de buenas a primeras, y sin imaginarlo, con lo que sería el evento que puso a aquel pueblo en la consideración mundial en los avistamientos de OVNIS, al descubrir lo que años después quedaría instalado como “El círculo de El Pajarillo”. Contaba que luego de escribir su informe dejó la Municipalidad y comenzó a interesarse, un poco a la fuerza, en estos temas. Y que en 1989 fue visitado por 2 españoles, que decían estar interesados en que les muestre aquel paraje. Eran JJ Benítez y Fernando Del Oso, de quien yo tengo un vídeo con un relato suyo sorprendente de Machu Picchu y el Valle Sagrado de los Incas.

Así pasé aquel día de Agosto, como digo en el título de este relato. En capilla, con minúscula. Porque casi no hago ese viaje, porque fue muy íntimo, porque estuvo bien.

El resto del libro lo terminé en el vuelo de regreso que tomé al día siguiente para Buenos Aires, luego de reintegrar la camioneta a mi amigo en Córdoba capital.
Le escribí un mail a Jorge, me contestó, seguimos en contacto.

El cerro sigue allá, a la espera de más visitas que seguramente sacarán provecho de sus maravillosas vistas, de sus energías, de sus secretos.
La gente también sigue allá, o al menos eso creo yo.
Tal vez, quien sabe, habrán ido a Erks a visitar a quién sabe quién…

Fabián

Ushuaia desde la altura de un ser humano


Ushuaia, Octubre de 2007

Poder ver Ushuaia, el canal de Beagle y todo su esplendoroso entorno desde un avión es sencillamente espectacular. Las montañas cayendo a pique sobre el mar, los fiordos, canales, islotes, recortan una costa única e inigualable en la geografía argentina.

Poder ver Ushuaia desde un barco o catamarán, que surca lento las frías aguas del canal, permite ver la multifacética y colorida ciudad a la vez de descubrir la curiosidad de los lobos marinos, el vuelo rasante de las intrépidas gaviotas, las grandes concentraciones de aves que se posan en aisladas rocas que apenas sobresalen del agua.

Poder ver Ushuaia desde una camioneta nos deja la sensación de alcanzarlo “todo” en pocas horas, sin dejar Museo, Presidio, Tren, Valle, sin conocer.


Pero caminar por la costa del canal, a lo largo de varias horas, escuchando solo el sonido de las olas golpear las rocas, los pájaros sorprendidos por nuestra presencia, el viento aullando entre las lengas, nos permite sentir la escala humana verdadera, en medio de esta naturaleza soberbia, casi igual a como la encontraban los antiguos yamanas que navegaban y vivían siempre cercano a esa sutil y cambiante línea que separa los dos mundos: la tierra y el agua.


Esta es la invitación que logramos concretar gracias a Sabrina y su bien dispuesto Guía especializado en esta zona, de nombre Osvaldo, quien prestamente nos puso en situación de iniciar nuestra expedición allí en la Bahía Ensenada, frente a la isla Redonda, dentro ya del Parque Nacional. Nos contó que podíamos enviar nuestra tarjeta postal desde “el correo del fin del mundo” que se ubica allí, justo frente al muelle viejo que sirve de partida a la senda costera señalizada tiempo atrás por los Guardaparques.

Y con ritmo lento, ojos asombrados y corazón latiendo por la emoción, arrancamos caminando entre lengas y otras especies que iban siendo presentadas una a una por Osvaldo, con certeras indicaciones que nos permitía diferenciar sus hojas, sus colores. Más adelante, la variedad de cauquenes, patos, bandurrias y pájaros carpinteros, iban apareciendo primero por sus sonidos, luego por su presencia. Algunos incluso quietos, como para permitir un lindo encuadre de nuestras sofisticadas cámaras fotográficas.

Al promediar el recorrido, ya estábamos ensimismados por el verde y el azul, con sus diferentes tonalidades a medida que el sol se escondía y aparecía detrás de juguetonas nubes. En un momento, alguien saca un mate, nos enseña como se sirve y como se toma, y allí nomás Osvaldo ataca con su completa vianda prevista para alimentar nuestros cuerpos e igualar lo que se nos venía dando de alimento para el espíritu.


Para el atardecer nos quedaba otra sorpresa, la entrada en la Bahía Lapataia, allí donde se terminan todos los caminos, y la quietud más plena, lejana a los trillados grupos de turistas que llegan por la ruta. Para nosotros, los conejos, los castores, algún cóndor volando alto, eran los acompañantes.


Definitivamente, se reconoce “otra” Ushuaia si se permite recorrerla y caminarla desde nuestra propia altura, la humana, y así es como sugiero hacerlo en la visita al Fin del Mundo. Gracias Sabrina, gracias Osvaldo, espero sigan atendiendo y llevando turistas a esos sitios de esa forma, para que puedan acercarse a lugares tan únicos de una forma tan agradable.

Fabián Piqué
fabianpique@bariloche.com.ar