Córdoba, Agosto de 2007
Me insistía mi amigo, tratando de convencerme de algo que yo ya tenía decidido hacer hasta momentos antes.
- Dale, aprovechá, te presto mi camioneta y si querés, te quedás en mi casa, que está vacía.
El caso era que si me quedaba ese fin de semana en Córdoba, bien me vendría el vehículo, pero seguro desestimaba el alojamiento, ya que permanecer en la ciudad no era, por mucho, la idea. Mi duda radicaba en que por más que había buscado compañía (quizá en el lugar equivocado, como estaba acostumbrado a hacerlo en los últimos tiempos), nadie había confirmado disponibilidad de tiempo o ánimo para escaparnos juntos a la sierra. Entonces, nuevamente la disyuntiva ya conocida de salir a la ruta en soledad, a descubrir caminos y lugares sin tener con quién compartirlos. Me decidí, finalmente; esa noche, a las ocho, nos encontrábamos en Plaza Colón para recibir las llaves del rodado, y tomar rumbo norte.
El tránsito, loco como siempre, no dejaba de sorprenderme ¿Cómo es que todavía hay tantos que desatienden las más mínimas prudencias y se largan a superar autos como si nadie más circulara en sentido contrario?
Estaba mirando fijo a uno que me acababa de pasar, cuando en eso me suena el fono por primera vez.
- Caro Fabián, te quería contar que me volví a pelear con mi novio, estoy muy “ofuscada” (le encanta decir siempre esta palabra) y me voy al Tigre para salir de Buenos Aires por el fin de semana.
- ¿Y no querés tomar un colectivo y venir a Córdoba, así nos encontramos aquí mañana?
- No grazie, prefiero estar sola, tengo mucha bronca por esta pelea…
- Bueno, suerte, escribime.
Otra chance que se caía, casi antes de comenzar siquiera a ser una posibilidad.
Al rato, otra vez el teléfono.
- ¿Te quedás finalmente en Córdoba este fin de semana?
- ¡Sí, al final decidí quedarme! ¿Querés venir a las sierras? Todavía estoy cerca y podemos encontrarnos en el camino…
- No, no puedo, solo quería saludarte y decirte que la pases bien, tengo familia que atender, aunque sabés que me gustaría, pero…
Siempre igual, el tema quedó “ahí”, volví a concentrarme en la ruta. El tránsito seguía pesado y los camiones sin luces se sumaban a los imprudentes velocistas.
Empezaba a tener algo de hambre cuando leí el cartel que indicaba giro a la derecha, salida a Capilla del Monte. La visión sospechada de las montañas oscuras a esa hora de la noche no le quitaban misterio e imponencia. Tomé el camino que decía “al cerro” y a pesar de saber que nada encontraría a esas horas, fui hasta la base y comprobé lo cercano al pueblo que estaba el sitio donde comenzaba la senda para el ascenso. Recién entonces comencé a buscar alojamiento, demasiado relajado para lo que me esperaba. Una y otra vez me decían
- Tengo todo lleno, incluso creo que casi todos los hoteles estaremos igual, no se olvide que es fin de semana largo.
¿Y? ¿No sabe acaso -pensaba- que cuando las cosas se tienen que dar, se dan de todos modos? Ya mascullaba la bronca contenida por tener que resolver solo otra vez estas cuestiones prácticas tantas veces enfrentadas. Me contuve, agradecí cortésmente y me dejé llevar por una calle oscura, lateral. Dos cuadras después, el cartel apenas iluminado mencionaba que en La Posada del Árbol aún quedaba una habitación disponible. Cara, eso sí, pero cómoda y con cable, desayuno incluido, y lo más sorprendente, pileta climatizada. Por fin podría estrenar mi malla, que llevara durante dos semanas sin sentido a cuestas en la valija. Decidí quedarme. Se me fue el hambre.
La habitación #10 tenía, por suerte, cama matrimonial, bien ancha, así que pude estirarme y leer un rato antes de dormir. Pregunté a la rubia que atendía si podía facilitarme folletos del lugar, por suerte disponía de ellos en abundancia, por lo que comencé a anotarme, ya más animadamente, la lista de lugares que iba a visitar al día siguiente. La magia comenzó a realizar prodigios, los nombres me aparecían uno detrás del otro: Uritorco –obvio-, Ongamira, Gruta de Lourdes, Los Terrones, y algo parecido a un centro de OVNIS, que casi se leía con lupa, al final del folleto.
Buena cama, dormí bien.
El día amaneció nublado, muy frío, sin viento. El desayuno rápido, la preparación del mate, la mochila, el agua y las frutas. Temprano, cuando casi todos aún dormían, salí rumbo al cerro con la clara intención de subir la mística montaña ¿Sería mística realmente? Todos dicen “-¿Y qué sentiste? ¿Te pasó algo?” El caso es que no esperaba nada en particular, así que pagué los $ 10.- que cobran para acceder al predio de la base y por donde comienza en ascenso, me anoté en la lista de excursionistas de ese día, y comencé mi trepada personal. Los carteles indicaban que se necesitan cuatro horas en la subida y se calcula en tres el descenso. Por eso no dejan subir más allá de las once y media. Apenas salí al bosque bajo que rodea la senda en sus primeros metros, y me cruzó un muchacho sin dientes que me sonrió y ofreció un bastón de apoyo para acompañar la subida. Le agradecí, hace tiempo que subo sin ayuda, pero su sonrisa me llamó la atención.
- ¿Qué hacés acá? ¿Sos guía?
- Si, me pagan si quieren que los acompañe, conozco bien la montaña y me gusta subir.
- ¿Y sos de acá? ¿Siempre hiciste esto?
- Bueno, vivo acá, pero hasta hace poco fui verdulero en el pueblo.
- Bien, gracias, contame entonces qué lugares de la montaña son los que más te gustan a vos.
Anoté mentalmente los puntos que mencionó y agradecí la piedrita que me regaló. “- Tome, es para la suerte.”, me dijo, y se fue.
¡Qué increíbles que son los incas! Me acordaba todo el tiempo de sus sendas, allá en Perú, donde uno cierra los ojos y los pies te llevan solos cuesta arriba sin pensar siquiera en torceduras ni nada por el estilo. Acá es distinto. Todo muy irregular, entre piedras sueltas, piedras pintadas, raíces desnudas, piedras rotas, piedras chicas y piedrotas. ¿Qué es lo que nos lleva a subir una montaña? Seguramente las ansias de ver paisajes desde lo alto, que llenan el campo visual de espacios abiertos, inconmensurables. Tal vez el simple hecho escuchado de tantos montañistas que dicen que suben “porque la montaña estaba allí”, delante de sus ojos. En mi caso agrego el ejercicio físico, que siempre me gustó experimentar. Pero el Uritorco tiene algo más. Tanta gente viene aquí para trepar sus laderas, llevadas por búsquedas de apariciones, luces (¿sombras?), ciudades intraterrenas. Todo se mezcla, la excitación crece a cada metro descontado a esa cumbre de casi dos mil metros.
Cuando me quiero dar cuenta, ya superé en mi carrera a las diez personas que habían salido desde la base media hora antes. Me preguntan cuál es mi secreto, me sonrío, los miro y les digo que suba cada uno a su tiempo, que disfruten del paisaje, que no se apuren. Pero en mi interior crece la certeza de que el cuarzo, tan abundante en la zona, debe gestar esa sensación de que voy siendo empujado para arriba, tanto como para no necesitar descanso ni tener sed. Miro el reloj, llego a la cumbre en apenas una hora y media, el mismo tiempo que me había indicado que tardaba el chico que hacía de guía cuando subía derecho, sin gente.
Arriba no hay viento, aparecen pájaros y un perro, me hacen compañía. Me doy vuelta y veo semiescondida, casi contra el suelo, una virgencita dejada allí vaya a saber por quién, me sonrío. No estamos solos. Las vistas son impresionantes…
Cuando escuché hablar por primera vez de Erks, me intrigaba pensar que había gente que podía contar tan suelta de cuerpo que una ciudad permanecía oculta debajo de la montaña, y que era regenteada por extraterrestres que a veces invitaban a humanos a recorrer sus pasadizos, a descubrir sus secretos.
Cuando escuché hablar por primera vez de platos voladores, sentía que una realidad muy lejana a mí existía en gente que gustaba de pensar en que era factible ver en la noche luces rondando los picos.
Ahora que estaba en Capilla del Monte, todo se hacía presente y cada palabra escuchada, cada texto leído, cobraba otro sentido, otra pertenencia. Ahora, ese terreno también me pertenecía.
Luego de cuarenta minutos mi tiempo arriba estaba cumplido, las fotos estaban sacadas y las ganas de enviar mensajes de texto desde el teléfono, no eran complacidas vaya a saber por qué rara razón de la tecnología celular.
Así, sin más, comencé el rápido descenso, que solo me llevó una hora. Busqué a Cristian, el verdulero y guía, para devolverle la piedrita de la suerte, que me había servido y mucho. Me agradeció y cortésmente me la regaló. Es un recuerdo, dijo, y se fue de nuevo en busca de turistas.
Tomé agua y recordé que el Centro de Ovnis cerraba al mediodía, así que intenté llegar al sitio a tiempo para una corta visita. Pero en el camino de bajada al pueblo me distraje con los comercios que bordean la calle, que ofrecen piedras, imágenes, aguas, todas ellas “bendecidas” por las energías del cerro. Cuando llegué a la dirección que figuraba en el folleto, estaba cerrado. Tomé la lista y miré el siguiente punto que había anotado la noche anterior: Ongamira.
De los comechingones había leído algunas cosas, que los mencionaba como los guerreros de la luna, de espíritu rebelde, que no se dejaron sojuzgar por los conquistadores, un poco a la manera de los quilmas en el norte.
Al llegar a las cuevas talladas por el viento y el agua en la piedra, allá en Ongamira, descubrí también que sabían muy bien elegir sus sitios de emplazamiento, y que allí estaba su historia. Leo en una placa que permanece apilada entre trastos viejos en el puesto de acceso donde cobran la entrada: “En homenaje a Neruda, que veraneaba en Ongamira, y que dijo que este sitio era el más triste de la tierra”. Le pregunto a la chica que atendía si sabía a qué se refería Neruda con semejante texto.
- Es porque en esta zona fue donde los comechingones murieron a manos de los españoles, aquellos que no querían rendirse fueron tirados a un acantilado y los demás, prefirieron suicidarse solos.
El chileno debe haberse sentido muy tocado para dejar en sus escritos aquella frase. Miré para arriba y distinguí 3 aves parecidas a cóndores merodeando el cielo, tranquilas, girando en círculo.
Al regresar en dirección a Capilla, pasé por la Gruta de Lourdes, que no era una gruta natural, sino que es un sitio al lado del camino que fue acondicionado para recibir la imagen de la Virgen donada por la Diócesis de aquel querido pueblo francés, y que posee unos bancos para sentarse a orar. No había nadie, pero una suave música sacra salía de una construcción cercana, por lo que decidí descansar un rato y tomar unos mates, lo primero que hacía por mi estómago desde el desayuno. Recordé mi viaje a Lourdes, justo antes de comenzar a andar por el Camino de Santiago, y la imagen que llevo colgada al cuello de la Virgen, traída de allí, que mira hacia mi cuerpo, como para tenerla siempre de cara a mi pecho. Y también a aquel amigo terapeuta que me contó que sentado justo en este sitio donde estaba tomando mate, dirigiendo un grupo de meditación, “vio” caminar entre ellos al “flaco”, como cariñosamente se dirige a Jesús, que los acompañaba y los alentaba.
Ya era media tarde, el clima seguía frío y nublado, el sol no aparecía, solo se insinuaba. Continué mi regreso al pueblo. Dos carteles más me llamaron la atención. Los Terrones se presentaba como un remanso para el relax, la meditación y las caminatas en medio de sierras entrecortadas, con curiosas formas, que dan a las espaldas del Uritorco.
Y el paraje El Pajarillo, apenas a pocos kilómetros de alcanzar el acceso a Capilla.
Todavía sin tanto apetito como para interrumpir mis visitas, y sin cansancio en el cuerpo, a pesar de la subida al cerro de la mañana, me fui derecho al Centro de Información de Ovnis a ver qué encontraba. Un jardinero que trabajaba en el modesto parque de la entrada, vio mis dudas para entrar y me dijo “-Pase, tiene que entrar nomás y golpear la puerta, que le abren enseguida”.
Luego de varios intentos, y cuando ya creía que no había nadie, una mujer con acento caribeño me abrió la puerta de chapa y me hizo entrar. El lugar era muy precario, lleno de libros en las paredes, posters viejos con imágenes de platos voladores y muchas fotos, de personas y lugares, con textos hechos a máquina que decían de quién se trataba en cada caso.
- La entrada es libre, no cobramos, Ud. puede dejar luego un dinero, si quiere, en ese tachito. Ya le llamo a “Jorge” para que venga.
¿Quién sería Jorge? Miré entre los dibujos y las fotos y encontré una que me llamó la atención. Era de la sierra cercana a El Pajarillo y aparecía el pasto como quemado, con un círculo de casi 100 metros de diámetro, y un texto que decía: “este es el lugar en que la pobladora encontró la huella del OVNI, que luego fue documentada por Jorge e investigada por estudiosos de todo el mundo”. Lindo comienzo.
Y entre los libros, estaba la colección completa de Caballo de Troya, de JJ Benítez, que se encuentran entre los más fantásticos que he leído alguna vez.
Me sorprendió curioseando y con su voz grave y apagada me dijo
- Buenas tardes.
- ¿Qué tal? Lindo lugar el suyo. ¿Hace mucho que está aquí con este Centro?
- Veinte años.
¡Veinte años! El hombre era muy parco y sus pocas palabras indicaban que seguramente mucho chanta habrá visitado su casa y se habrá querido hacer el piola, intentando sacarle datos para luego malgastarlos entre amigos, riendo de los locos de Capilla. Lo respeté, mantuve mi atención en los libros y me decidí en comprarle uno de su autoría que se llama Luces sobre el Uritorco, de manera también de colaborar con su obra de sostener ese lugar.
Cuando retorné al centro del pueblo, una multitud se había acercado a la carpa blanca que estaba instalada en la plaza, y el cartel del acceso decía: Feria Natural. Me acerqué y para mi asombro encontré casi 30 stands de gente que presentaba la más variada gamas de terapias y elementos orientados a lo alternativo, a lo esotérico, que nunca haya visto en ningún sitio. Y todo tremendamente concurrido, con gente sonriente, en plenas charlas e incluso, en algunos casos, en pleno trabajo. Pasé delante de un puesto que vendía frasquitos con Agua de Erks. La mujer que atendía me sonrió y me preguntó si sabía que era Erks. Le dije que sí, y seguí mirando otros puestos. Ella me seguía con la vista y su sonrisa. Después de mirar todo lo que se ofrecía, volví a pasar delante del puesto de la mujer sonriente y le dije
- Bueno, creo saber qué es Erks, pero mejor si me lo decís vos, ¿querés?
- Claro, es la ciudad intraterrena que tenemos aquí debajo del Uritorco, yo lo sé porque mi familia tuvo un evento muy fuerte relacionado a esto, y desde ese momento yo trabajo con estas gotas.
- ¿Qué les pasó? ¿Me querés contar?
- Mi marido dormía una noche, cuando empezó a hablar entre sueños, diciendo que lo estaban llevando a lugares increíbles, que ya regresaría pronto. Yo estaba acostada a su lado, obvio que él permanecía quieto, creí que tenía pesadillas, pero seguía sin despertarse y así estuvo horas y horas. Cuando volvió en sí, recordaba haber estado lejos, acompañado por entidades que desconocía, ya que nuca habíamos sabido nada de seres extraterrestres ni de OVNIS ni nada de esto, así que para él era todo muy sorpresivo. Yo le dije que no había ido a ningún lado, que siempre había estado acostada a su lado, no podía creerlo. Desde ese momento, él cambió. Y yo también. Terminamos un matrimonio de 33 años, seguimos felices cada uno en lo suyo y yo descubrí que las mujeres de 50 ya tenemos la chance de manejar nuestro propio control remoto en la vida, que ya no necesitamos de alguien en quien estar apoyadas siempre y todo el tiempo. Ahora disfruto de mis nietos y hago lo que creo mejor para mí y para los míos.
- Sí, es verdad, creo que las mujeres de 50 ya no necesitan de bastón, mal que nos pese. Aunque tampoco deberían creerse que siempre todo es mejor solas, hay algunos que ya estamos comprendiendo, creo yo, por dónde va la mano. ¿No?
- Puede ser…
Creo que el mensaje estaba dado, en uno y otro sentido.
Seguí caminando y fui a cenar, solo, a un lindo Restaurante de pastas, con una buena cerveza artesanal para celebrar semejante día.
Esa noche leí más de la mitad del libro de Jorge, no podía creer su relato de cómo se fue presentando su propia vida, una vez que dejó Adrogué para instalarse con su familia en Capilla y ser funcionario público, además de comerciante, allá por los años 80. Y cómo, siendo funcionario, un día se presenta una pobladora de más de 70 años, en la Intendencia, pidiendo que alguien vaya a su campo a ver aquello que había sucedido en la noche, que había quemado de esa forma tan extraña el pasto. Jorge fue, cámara en mano, a cubrir un evento vecinal sin mayor expectativa que dejar asentado el reclamo de aquella anciana y se encontró, de buenas a primeras, y sin imaginarlo, con lo que sería el evento que puso a aquel pueblo en la consideración mundial en los avistamientos de OVNIS, al descubrir lo que años después quedaría instalado como “El círculo de El Pajarillo”. Contaba que luego de escribir su informe dejó la Municipalidad y comenzó a interesarse, un poco a la fuerza, en estos temas. Y que en 1989 fue visitado por 2 españoles, que decían estar interesados en que les muestre aquel paraje. Eran JJ Benítez y Fernando Del Oso, de quien yo tengo un vídeo con un relato suyo sorprendente de Machu Picchu y el Valle Sagrado de los Incas.
Así pasé aquel día de Agosto, como digo en el título de este relato. En capilla, con minúscula. Porque casi no hago ese viaje, porque fue muy íntimo, porque estuvo bien.
El resto del libro lo terminé en el vuelo de regreso que tomé al día siguiente para Buenos Aires, luego de reintegrar la camioneta a mi amigo en Córdoba capital.
Le escribí un mail a Jorge, me contestó, seguimos en contacto.
El cerro sigue allá, a la espera de más visitas que seguramente sacarán provecho de sus maravillosas vistas, de sus energías, de sus secretos.
La gente también sigue allá, o al menos eso creo yo.
Tal vez, quien sabe, habrán ido a Erks a visitar a quién sabe quién…
Fabián
Me insistía mi amigo, tratando de convencerme de algo que yo ya tenía decidido hacer hasta momentos antes.
- Dale, aprovechá, te presto mi camioneta y si querés, te quedás en mi casa, que está vacía.
El caso era que si me quedaba ese fin de semana en Córdoba, bien me vendría el vehículo, pero seguro desestimaba el alojamiento, ya que permanecer en la ciudad no era, por mucho, la idea. Mi duda radicaba en que por más que había buscado compañía (quizá en el lugar equivocado, como estaba acostumbrado a hacerlo en los últimos tiempos), nadie había confirmado disponibilidad de tiempo o ánimo para escaparnos juntos a la sierra. Entonces, nuevamente la disyuntiva ya conocida de salir a la ruta en soledad, a descubrir caminos y lugares sin tener con quién compartirlos. Me decidí, finalmente; esa noche, a las ocho, nos encontrábamos en Plaza Colón para recibir las llaves del rodado, y tomar rumbo norte.
El tránsito, loco como siempre, no dejaba de sorprenderme ¿Cómo es que todavía hay tantos que desatienden las más mínimas prudencias y se largan a superar autos como si nadie más circulara en sentido contrario?
Estaba mirando fijo a uno que me acababa de pasar, cuando en eso me suena el fono por primera vez.
- Caro Fabián, te quería contar que me volví a pelear con mi novio, estoy muy “ofuscada” (le encanta decir siempre esta palabra) y me voy al Tigre para salir de Buenos Aires por el fin de semana.
- ¿Y no querés tomar un colectivo y venir a Córdoba, así nos encontramos aquí mañana?
- No grazie, prefiero estar sola, tengo mucha bronca por esta pelea…
- Bueno, suerte, escribime.
Otra chance que se caía, casi antes de comenzar siquiera a ser una posibilidad.
Al rato, otra vez el teléfono.
- ¿Te quedás finalmente en Córdoba este fin de semana?
- ¡Sí, al final decidí quedarme! ¿Querés venir a las sierras? Todavía estoy cerca y podemos encontrarnos en el camino…
- No, no puedo, solo quería saludarte y decirte que la pases bien, tengo familia que atender, aunque sabés que me gustaría, pero…
Siempre igual, el tema quedó “ahí”, volví a concentrarme en la ruta. El tránsito seguía pesado y los camiones sin luces se sumaban a los imprudentes velocistas.
Empezaba a tener algo de hambre cuando leí el cartel que indicaba giro a la derecha, salida a Capilla del Monte. La visión sospechada de las montañas oscuras a esa hora de la noche no le quitaban misterio e imponencia. Tomé el camino que decía “al cerro” y a pesar de saber que nada encontraría a esas horas, fui hasta la base y comprobé lo cercano al pueblo que estaba el sitio donde comenzaba la senda para el ascenso. Recién entonces comencé a buscar alojamiento, demasiado relajado para lo que me esperaba. Una y otra vez me decían
- Tengo todo lleno, incluso creo que casi todos los hoteles estaremos igual, no se olvide que es fin de semana largo.
¿Y? ¿No sabe acaso -pensaba- que cuando las cosas se tienen que dar, se dan de todos modos? Ya mascullaba la bronca contenida por tener que resolver solo otra vez estas cuestiones prácticas tantas veces enfrentadas. Me contuve, agradecí cortésmente y me dejé llevar por una calle oscura, lateral. Dos cuadras después, el cartel apenas iluminado mencionaba que en La Posada del Árbol aún quedaba una habitación disponible. Cara, eso sí, pero cómoda y con cable, desayuno incluido, y lo más sorprendente, pileta climatizada. Por fin podría estrenar mi malla, que llevara durante dos semanas sin sentido a cuestas en la valija. Decidí quedarme. Se me fue el hambre.
La habitación #10 tenía, por suerte, cama matrimonial, bien ancha, así que pude estirarme y leer un rato antes de dormir. Pregunté a la rubia que atendía si podía facilitarme folletos del lugar, por suerte disponía de ellos en abundancia, por lo que comencé a anotarme, ya más animadamente, la lista de lugares que iba a visitar al día siguiente. La magia comenzó a realizar prodigios, los nombres me aparecían uno detrás del otro: Uritorco –obvio-, Ongamira, Gruta de Lourdes, Los Terrones, y algo parecido a un centro de OVNIS, que casi se leía con lupa, al final del folleto.
Buena cama, dormí bien.
El día amaneció nublado, muy frío, sin viento. El desayuno rápido, la preparación del mate, la mochila, el agua y las frutas. Temprano, cuando casi todos aún dormían, salí rumbo al cerro con la clara intención de subir la mística montaña ¿Sería mística realmente? Todos dicen “-¿Y qué sentiste? ¿Te pasó algo?” El caso es que no esperaba nada en particular, así que pagué los $ 10.- que cobran para acceder al predio de la base y por donde comienza en ascenso, me anoté en la lista de excursionistas de ese día, y comencé mi trepada personal. Los carteles indicaban que se necesitan cuatro horas en la subida y se calcula en tres el descenso. Por eso no dejan subir más allá de las once y media. Apenas salí al bosque bajo que rodea la senda en sus primeros metros, y me cruzó un muchacho sin dientes que me sonrió y ofreció un bastón de apoyo para acompañar la subida. Le agradecí, hace tiempo que subo sin ayuda, pero su sonrisa me llamó la atención.
- ¿Qué hacés acá? ¿Sos guía?
- Si, me pagan si quieren que los acompañe, conozco bien la montaña y me gusta subir.
- ¿Y sos de acá? ¿Siempre hiciste esto?
- Bueno, vivo acá, pero hasta hace poco fui verdulero en el pueblo.
- Bien, gracias, contame entonces qué lugares de la montaña son los que más te gustan a vos.
Anoté mentalmente los puntos que mencionó y agradecí la piedrita que me regaló. “- Tome, es para la suerte.”, me dijo, y se fue.
¡Qué increíbles que son los incas! Me acordaba todo el tiempo de sus sendas, allá en Perú, donde uno cierra los ojos y los pies te llevan solos cuesta arriba sin pensar siquiera en torceduras ni nada por el estilo. Acá es distinto. Todo muy irregular, entre piedras sueltas, piedras pintadas, raíces desnudas, piedras rotas, piedras chicas y piedrotas. ¿Qué es lo que nos lleva a subir una montaña? Seguramente las ansias de ver paisajes desde lo alto, que llenan el campo visual de espacios abiertos, inconmensurables. Tal vez el simple hecho escuchado de tantos montañistas que dicen que suben “porque la montaña estaba allí”, delante de sus ojos. En mi caso agrego el ejercicio físico, que siempre me gustó experimentar. Pero el Uritorco tiene algo más. Tanta gente viene aquí para trepar sus laderas, llevadas por búsquedas de apariciones, luces (¿sombras?), ciudades intraterrenas. Todo se mezcla, la excitación crece a cada metro descontado a esa cumbre de casi dos mil metros.
Cuando me quiero dar cuenta, ya superé en mi carrera a las diez personas que habían salido desde la base media hora antes. Me preguntan cuál es mi secreto, me sonrío, los miro y les digo que suba cada uno a su tiempo, que disfruten del paisaje, que no se apuren. Pero en mi interior crece la certeza de que el cuarzo, tan abundante en la zona, debe gestar esa sensación de que voy siendo empujado para arriba, tanto como para no necesitar descanso ni tener sed. Miro el reloj, llego a la cumbre en apenas una hora y media, el mismo tiempo que me había indicado que tardaba el chico que hacía de guía cuando subía derecho, sin gente.
Arriba no hay viento, aparecen pájaros y un perro, me hacen compañía. Me doy vuelta y veo semiescondida, casi contra el suelo, una virgencita dejada allí vaya a saber por quién, me sonrío. No estamos solos. Las vistas son impresionantes…
Cuando escuché hablar por primera vez de Erks, me intrigaba pensar que había gente que podía contar tan suelta de cuerpo que una ciudad permanecía oculta debajo de la montaña, y que era regenteada por extraterrestres que a veces invitaban a humanos a recorrer sus pasadizos, a descubrir sus secretos.
Cuando escuché hablar por primera vez de platos voladores, sentía que una realidad muy lejana a mí existía en gente que gustaba de pensar en que era factible ver en la noche luces rondando los picos.
Ahora que estaba en Capilla del Monte, todo se hacía presente y cada palabra escuchada, cada texto leído, cobraba otro sentido, otra pertenencia. Ahora, ese terreno también me pertenecía.
Luego de cuarenta minutos mi tiempo arriba estaba cumplido, las fotos estaban sacadas y las ganas de enviar mensajes de texto desde el teléfono, no eran complacidas vaya a saber por qué rara razón de la tecnología celular.
Así, sin más, comencé el rápido descenso, que solo me llevó una hora. Busqué a Cristian, el verdulero y guía, para devolverle la piedrita de la suerte, que me había servido y mucho. Me agradeció y cortésmente me la regaló. Es un recuerdo, dijo, y se fue de nuevo en busca de turistas.
Tomé agua y recordé que el Centro de Ovnis cerraba al mediodía, así que intenté llegar al sitio a tiempo para una corta visita. Pero en el camino de bajada al pueblo me distraje con los comercios que bordean la calle, que ofrecen piedras, imágenes, aguas, todas ellas “bendecidas” por las energías del cerro. Cuando llegué a la dirección que figuraba en el folleto, estaba cerrado. Tomé la lista y miré el siguiente punto que había anotado la noche anterior: Ongamira.
De los comechingones había leído algunas cosas, que los mencionaba como los guerreros de la luna, de espíritu rebelde, que no se dejaron sojuzgar por los conquistadores, un poco a la manera de los quilmas en el norte.
Al llegar a las cuevas talladas por el viento y el agua en la piedra, allá en Ongamira, descubrí también que sabían muy bien elegir sus sitios de emplazamiento, y que allí estaba su historia. Leo en una placa que permanece apilada entre trastos viejos en el puesto de acceso donde cobran la entrada: “En homenaje a Neruda, que veraneaba en Ongamira, y que dijo que este sitio era el más triste de la tierra”. Le pregunto a la chica que atendía si sabía a qué se refería Neruda con semejante texto.
- Es porque en esta zona fue donde los comechingones murieron a manos de los españoles, aquellos que no querían rendirse fueron tirados a un acantilado y los demás, prefirieron suicidarse solos.
El chileno debe haberse sentido muy tocado para dejar en sus escritos aquella frase. Miré para arriba y distinguí 3 aves parecidas a cóndores merodeando el cielo, tranquilas, girando en círculo.
Al regresar en dirección a Capilla, pasé por la Gruta de Lourdes, que no era una gruta natural, sino que es un sitio al lado del camino que fue acondicionado para recibir la imagen de la Virgen donada por la Diócesis de aquel querido pueblo francés, y que posee unos bancos para sentarse a orar. No había nadie, pero una suave música sacra salía de una construcción cercana, por lo que decidí descansar un rato y tomar unos mates, lo primero que hacía por mi estómago desde el desayuno. Recordé mi viaje a Lourdes, justo antes de comenzar a andar por el Camino de Santiago, y la imagen que llevo colgada al cuello de la Virgen, traída de allí, que mira hacia mi cuerpo, como para tenerla siempre de cara a mi pecho. Y también a aquel amigo terapeuta que me contó que sentado justo en este sitio donde estaba tomando mate, dirigiendo un grupo de meditación, “vio” caminar entre ellos al “flaco”, como cariñosamente se dirige a Jesús, que los acompañaba y los alentaba.
Ya era media tarde, el clima seguía frío y nublado, el sol no aparecía, solo se insinuaba. Continué mi regreso al pueblo. Dos carteles más me llamaron la atención. Los Terrones se presentaba como un remanso para el relax, la meditación y las caminatas en medio de sierras entrecortadas, con curiosas formas, que dan a las espaldas del Uritorco.
Y el paraje El Pajarillo, apenas a pocos kilómetros de alcanzar el acceso a Capilla.
Todavía sin tanto apetito como para interrumpir mis visitas, y sin cansancio en el cuerpo, a pesar de la subida al cerro de la mañana, me fui derecho al Centro de Información de Ovnis a ver qué encontraba. Un jardinero que trabajaba en el modesto parque de la entrada, vio mis dudas para entrar y me dijo “-Pase, tiene que entrar nomás y golpear la puerta, que le abren enseguida”.
Luego de varios intentos, y cuando ya creía que no había nadie, una mujer con acento caribeño me abrió la puerta de chapa y me hizo entrar. El lugar era muy precario, lleno de libros en las paredes, posters viejos con imágenes de platos voladores y muchas fotos, de personas y lugares, con textos hechos a máquina que decían de quién se trataba en cada caso.
- La entrada es libre, no cobramos, Ud. puede dejar luego un dinero, si quiere, en ese tachito. Ya le llamo a “Jorge” para que venga.
¿Quién sería Jorge? Miré entre los dibujos y las fotos y encontré una que me llamó la atención. Era de la sierra cercana a El Pajarillo y aparecía el pasto como quemado, con un círculo de casi 100 metros de diámetro, y un texto que decía: “este es el lugar en que la pobladora encontró la huella del OVNI, que luego fue documentada por Jorge e investigada por estudiosos de todo el mundo”. Lindo comienzo.
Y entre los libros, estaba la colección completa de Caballo de Troya, de JJ Benítez, que se encuentran entre los más fantásticos que he leído alguna vez.
Me sorprendió curioseando y con su voz grave y apagada me dijo
- Buenas tardes.
- ¿Qué tal? Lindo lugar el suyo. ¿Hace mucho que está aquí con este Centro?
- Veinte años.
¡Veinte años! El hombre era muy parco y sus pocas palabras indicaban que seguramente mucho chanta habrá visitado su casa y se habrá querido hacer el piola, intentando sacarle datos para luego malgastarlos entre amigos, riendo de los locos de Capilla. Lo respeté, mantuve mi atención en los libros y me decidí en comprarle uno de su autoría que se llama Luces sobre el Uritorco, de manera también de colaborar con su obra de sostener ese lugar.
Cuando retorné al centro del pueblo, una multitud se había acercado a la carpa blanca que estaba instalada en la plaza, y el cartel del acceso decía: Feria Natural. Me acerqué y para mi asombro encontré casi 30 stands de gente que presentaba la más variada gamas de terapias y elementos orientados a lo alternativo, a lo esotérico, que nunca haya visto en ningún sitio. Y todo tremendamente concurrido, con gente sonriente, en plenas charlas e incluso, en algunos casos, en pleno trabajo. Pasé delante de un puesto que vendía frasquitos con Agua de Erks. La mujer que atendía me sonrió y me preguntó si sabía que era Erks. Le dije que sí, y seguí mirando otros puestos. Ella me seguía con la vista y su sonrisa. Después de mirar todo lo que se ofrecía, volví a pasar delante del puesto de la mujer sonriente y le dije
- Bueno, creo saber qué es Erks, pero mejor si me lo decís vos, ¿querés?
- Claro, es la ciudad intraterrena que tenemos aquí debajo del Uritorco, yo lo sé porque mi familia tuvo un evento muy fuerte relacionado a esto, y desde ese momento yo trabajo con estas gotas.
- ¿Qué les pasó? ¿Me querés contar?
- Mi marido dormía una noche, cuando empezó a hablar entre sueños, diciendo que lo estaban llevando a lugares increíbles, que ya regresaría pronto. Yo estaba acostada a su lado, obvio que él permanecía quieto, creí que tenía pesadillas, pero seguía sin despertarse y así estuvo horas y horas. Cuando volvió en sí, recordaba haber estado lejos, acompañado por entidades que desconocía, ya que nuca habíamos sabido nada de seres extraterrestres ni de OVNIS ni nada de esto, así que para él era todo muy sorpresivo. Yo le dije que no había ido a ningún lado, que siempre había estado acostada a su lado, no podía creerlo. Desde ese momento, él cambió. Y yo también. Terminamos un matrimonio de 33 años, seguimos felices cada uno en lo suyo y yo descubrí que las mujeres de 50 ya tenemos la chance de manejar nuestro propio control remoto en la vida, que ya no necesitamos de alguien en quien estar apoyadas siempre y todo el tiempo. Ahora disfruto de mis nietos y hago lo que creo mejor para mí y para los míos.
- Sí, es verdad, creo que las mujeres de 50 ya no necesitan de bastón, mal que nos pese. Aunque tampoco deberían creerse que siempre todo es mejor solas, hay algunos que ya estamos comprendiendo, creo yo, por dónde va la mano. ¿No?
- Puede ser…
Creo que el mensaje estaba dado, en uno y otro sentido.
Seguí caminando y fui a cenar, solo, a un lindo Restaurante de pastas, con una buena cerveza artesanal para celebrar semejante día.
Esa noche leí más de la mitad del libro de Jorge, no podía creer su relato de cómo se fue presentando su propia vida, una vez que dejó Adrogué para instalarse con su familia en Capilla y ser funcionario público, además de comerciante, allá por los años 80. Y cómo, siendo funcionario, un día se presenta una pobladora de más de 70 años, en la Intendencia, pidiendo que alguien vaya a su campo a ver aquello que había sucedido en la noche, que había quemado de esa forma tan extraña el pasto. Jorge fue, cámara en mano, a cubrir un evento vecinal sin mayor expectativa que dejar asentado el reclamo de aquella anciana y se encontró, de buenas a primeras, y sin imaginarlo, con lo que sería el evento que puso a aquel pueblo en la consideración mundial en los avistamientos de OVNIS, al descubrir lo que años después quedaría instalado como “El círculo de El Pajarillo”. Contaba que luego de escribir su informe dejó la Municipalidad y comenzó a interesarse, un poco a la fuerza, en estos temas. Y que en 1989 fue visitado por 2 españoles, que decían estar interesados en que les muestre aquel paraje. Eran JJ Benítez y Fernando Del Oso, de quien yo tengo un vídeo con un relato suyo sorprendente de Machu Picchu y el Valle Sagrado de los Incas.
Así pasé aquel día de Agosto, como digo en el título de este relato. En capilla, con minúscula. Porque casi no hago ese viaje, porque fue muy íntimo, porque estuvo bien.
El resto del libro lo terminé en el vuelo de regreso que tomé al día siguiente para Buenos Aires, luego de reintegrar la camioneta a mi amigo en Córdoba capital.
Le escribí un mail a Jorge, me contestó, seguimos en contacto.
El cerro sigue allá, a la espera de más visitas que seguramente sacarán provecho de sus maravillosas vistas, de sus energías, de sus secretos.
La gente también sigue allá, o al menos eso creo yo.
Tal vez, quien sabe, habrán ido a Erks a visitar a quién sabe quién…
Fabián
1 comentario:
Ya te dijé que deberia colectar tus narraciones en un libro. Gracias para el viaje.Me encantó! Un blog...Si, esta bien, pero hay otra manera de exprimir tus expreiencias y compartirlas con más gente, no?
Hablamos.
Abrazo enorme
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