Dublín, Irlanda. Mayo de 2001
Mi encuentro con John
* La joven anciana
La historia empieza, indefectiblemente, con María. Mi querida amiga María, anciana quizás en el documento que debe mostrar su avanzada edad -confieso desconocer con exactitud este dato- pero joven en espíritu y muy fuerte en su andar por la vida.
Comienza 3 años atrás, en Buenos Aires, donde me encontraba en pleno proceso de traslado hacia mi nueva residencia, mi nuevo hogar allá en Bariloche. Estaba entonces de paso por mi ciudad natal, al momento en que sucede el primero de los hechos fortuitos que van encadenando esta secuencia. Había concurrido muy entretenido a un evento turístico que convocaba en un céntrico Hotel a gran cantidad de Agentes de Viajes. Muchos de ellos, colegas y clientes míos, a quienes a lo largo de años de profesión fui conociendo. Con el tema de mi mudanza, mis conversaciones giraban más en este sentido que en lo laboral. Tenía tiempo disponible, por lo que pude relajadamente tomar contacto con quienes estaban deseosos de saber sobre mi nuevo sitio de residencia. En una de esas charlas una profesional llamada Berta, con la que tenía cierta relación pero que distaba mucho de ser considerada una amiga, me extiende un papel con algunas anotaciones y me dice
- "Aquí tenés los datos de una vieja conocida mía que vive en Bariloche. Deberías conocerla."
No pregunté demasiado acerca de motivos e intereses para ofrecer aquel contacto, pero prolijamente guardé aquellos datos.
Un par de meses después, en otro de mis frecuentes viajes a la capital, pasé por Azul, distante 300 km. de ésta, a saludar a dos amigos. Uno de ellos, un colega que tiene su Agencia de Viajes en el centro del pueblo. El otro, un monje trapense que transcurre sus días en el Monasterio Cisterciense de Nuestra Señora de los Ángeles, ubicado en plena sierra rodeado de campos y bosques. En la conversación que mantuve con Antonio en aquel entonces, surgió de su parte un ofrecimiento espontáneo, casi íntimo, donde nuevamente un mismo nombre y un mismo teléfono aparecían ante mi vista : el de una tal María que vive en Bariloche.
- "Deberías conocerla", me dijo mi amigo el monje Antonio, coincidiendo en un criterio similar con el de Berta, pero sin existir entre ellos relación alguna.
Apenas regresé al sur, hice el primer llamado a "esa tal señora llamada María", con el mayor de los respetos, sospechando mas que sabiendo que nuestra gran diferencia generacional podría establecer barreras, al fin y al cabo lógicas, que quizás fueran insalvables. Me atendió una voz chispeante y locuaz, para nada sorprendida con el extravagante llamado "de un muchacho porteño que trabaja en temas de turismo y se trasladó recientemente a Bariloche y a quien un par de personas tuvieron la amabilidad de acercarle su número telefónico". No es mucho, si de presentación se trata.
Sin embargo las circunstancias quisieron que nuestro primer encuentro visual fuera finalmente en Buenos Aires, donde coincidimos por diversos motivos y donde aprovechamos, ambos, una invitación del amigo en común, el monje Antonio, para concurrir a un encuentro interreligioso que se celebraba con motivo del aniversario de Hiroshima. La reunión fue breve, tanto como era la estatura de la ahora conocida María. Su altura intelectual y cultural, ah bueno, eso era otra cosa...
Luego regresamos cada uno por sus medios a Bariloche.
Y así fue como un buen día del otoño de 1999 me acerqué por primera vez a su lindísima y cálida casa ubicada en medio de un frondoso bosque de especies autóctonas, a orillas del lago Moreno. El crepitar de los leños en el fuego, el delicado perfume a incienso y madera que rezumaba el ambiente, la plácida vista del calmo lago. Todo se presentaba para una tranquila charla, ideal para dar inicio a una amistad.
En aquel entonces John O´Donohue para mí no existía.
Pero bastó con que María viera entre mis preferencias cierta inclinación hacia lo espiritual, hacia la lectura, quizás hacia la reflexión, para dar rienda suelta a sus recomendaciones que por suerte con el tiempo fueron incrementándose en forma sostenida. Recuerdo entonces que ya en aquel momento me dijo :
- "Tengo un libro que acabo de leer y me parece precioso. Te lo presto, pero si no te gusta, no tenés obligación, me lo devolvés y listo."
Ella siempre, aún hoy, es directa para decir cosas pero es capaz de tener cierto grado de vergüenza al tener que sugerir una lectura. Incluso al recomendar un libro tan entrañable y amoroso, como me gusta llamarlo a mí. Sí, porque el Anam Cara es un libro amoroso, como si se tratara de alguien a quien uno pudiera transmitir ese sentimiento. Claro que María no tenía manera de saber en aquel entonces de mis gustos por lo celta, de mi curiosidad por lo irlandés, de mi reencuentro con lo cristiano.
Leí el Anam Cara en sólo tres días, abstraído por completo en la manera en que un sacerdote católico podía resumir en un libro aquellos vívidos puntos de contacto entre su religión ( y de hecho la mía ) y la espiritualidad celta, procedente de la profunda y verde región de Connemara, en el oeste de Eire.
Así supe de John O´Donohue.
** Anam Cara
Para aquellos que me conocen, es innecesaria la descripción del contenido del libro, pues seguramente me habrán escuchado recomendar su lectura o quizás directamente hayan recibido un ejemplar, ya prestado, ya regalado.
Para aquellos a quienes aún no tengo tan cerca, vaya este pequeño resumen:
El Anam Cara aborda desde un ángulo espiritual y religioso las etapas más importantes en la vida de una persona, desde el nacimiento a la madurez, desde la relación con el trabajo y el dinero hasta la amistad. Y por supuesto, la ancianidad y la muerte. Porque con ello completa aquel círculo con el que el saber celta mostraba el vaivén de la vida, el empezar, el seguir y el acabar de todas las cosas. De los humanos, de las plantas, de la tierra, de las estaciones, del día y de la noche. Entonces habla de un devenir amoroso, relacionando los sucesos inevitables con la felicidad, el estar con la realización, el llanto con la risa.
¿Quién era este señor que en esta época, ahora y siendo joven, escribía de esta manera? ¿Quién era y de dónde se había nutrido para plasmar estos dichos?
Es irlandés, tiene 46 años y hace sólo 5 o 6 que escribe, al menos para el público. Datos extraídos del propio libro, y por cierto datos menores a la hora de imaginar un posible contacto directo para cuando tomé finalmente la decisión de viajar a Europa, ya en pleno 2001, a 20 meses de los relatos iniciales de este escrito.
Para entonces, al hacer mi lista de deseos posibles y probables, que no es lo mismo, anoté: "Conocer personalmente a John O´Donohue". ¿Por qué no? ¿Acaso no es irlandés y yo estaría viajando a Irlanda? Que Irlanda es grande, dentro de todo. Si, es cierto. Que podría escribirle a la Editorial para tratar de tener más datos. Sabemos que esto es casi tiempo perdido. ¿Quién era yo, finalmente? ¿Cómo me podía presentar? No, esa no era la forma. Había que ir y ver. Y fui. O mejor, vine a Irlanda.
*** Eire
Antes de partir hablaba con María y otros amigos acerca de venir o no a estudiar inglés a Europa. El viaje a España era un hecho y la proximidad con las Islas Británicas e Irlanda era una tentación. Pero es cierto que a mis 38 años - y muchos de ellos con acérrimos esfuerzos hacia lo autodidacta- hacían que el estudiar en una academia quizás resultara algo extraño y extemporáneo. La balanza se decidió por Eire ya que representaba no sólo el estudio posible del idioma sino también el contacto con la cultura celta y los interminables y verdes prados y profundos acantilados que tantas veces había visto en fotos y películas. Inmediatamente me agregaba que así también tendría chances de contactarme con mi admirado escritor.
Los primeros diez días en Dublín me sirvieron para ir ablandando el oído al habla inglesa. De a poco notaba que aumentaba el nivel de comprensión y entendimiento aunque mi trabada lengua no soltaba muchas más palabras que antes. Con las primeras caminatas de reconocimiento de la ciudad fui descubriendo algunas librerías que parecían interesantes, por lo que me adentraba en ellas, hurgaba en sus estanterías y me lanzaba con las consabidas preguntas : "- ¿Conoce el Anam Cara?, ¿Sabe de algún libro nuevo de John O´Donohue?, ¿Por casualidad tiene idea de dónde vive?". A las dos primeras obtenía respuestas afirmativas. Conocían el Anam Cara y Connemara Blues era el ultimo libro editado por el autor. A la tercera, todos fruncían la cara en gesto de extrañeza.
Para el segundo fin de semana programé contratar un tour que me llevara a conocer el sur y el oeste de Irlanda, a lo largo de casi 700 kilómetros de ruta en 3 días. Suponía que allí encontraría castillos, dólmenes, suaves colinas y agrestes costas. Y así fue. Pasamos por antiguas construcciones anglonormandas como Rock of Cashel y Blarney Castle, ancestrales dólmenes como Poulnabrone, vertiginosos acantilados de 200 metros de caída vertical tales como los Cliffs of Moher, y visitamos ciudades importantes, entre ellas Cork y Galway, además de pequeños pueblecitos de pescadores, tal el caso de Doolin, frente a las Aran Islands.
Aquí teníamos reservada la segunda y última noche del viaje. Al llegar y mientras recorríamos despaciosamente sus no más de 40 casas, el guía recomendó para la noche a uno de los tres pubs abiertos, donde decía que podríamos escuchar música en vivo mientras disfrutáramos de cerveza negra tirada. Sonaba tentador para después de la cena que tomaríamos en el típico Bed & Breakfast reservado para el grupo, donde se ofrece una cocina para aquellos que decidan probar sus artes culinarias en lugar de ir a un restaurante, precisamente nuestro caso. Fue allí, entre spaghettis y vino tinto, que se me acercó un suizo del grupo, el más cercano a mí en cuanto a edad y gustos, y comenzó a preguntarme lo típico en estos casos: de donde provenía, las razones del viaje y varios etcéteras. Proseguimos la charla con preferencias sobre libros y allí coincidimos en señalar a Hermann Hesse y su Sidharta como referente clásico en nuestras respectivas bibliotecas. Entonces él mencionó a Coelho (por lo visto también se lee a Coelho en Suiza) y yo al Anam Cara, en un intento de recomendaciones mutuas. Decidimos proseguir la animada y lenta -por nuestras dificultades idiomáticas- charla en el pub que recomendara el guía. Apenas llegamos encontramos disimulados entre la multitud de turistas y locales que colmaban el recinto a cinco músicos que interpretaban en conjunto una serie ininterrumpida de melodías suaves en un volumen demasiado bajo teniendo en cuenta el bullicio de la gente que bebía y conversaba. Así y todo tomamos la famosa cerveza pero enseguida decidimos salir a las mesas exteriores del pub, donde lograríamos, si bien no menos ruido, quizás un poco de aire fresco. Logramos sentarnos y recordé que sería oportuno anotarle en un papel la recomendación del libro que le hiciera horas antes, no fuera cosa que la olvidara. Tenía una hoja de papel pero busqué mi lapicera y no la encontré.
Supuse que se me habría caído en el interior del pub, asi que ingresé nuevamente en su búsqueda, por cierto infructuosa, ya que no estaba por ningún sitio. Retorné al encuentro del suizo y lo vi conversando con dos señoras mayores. Conseguí prestada una lapicera y me acerqué a ellos y escribí entonces en el papel: "Anam Cara - John O´Donohue".
Cuando le ofrecí el papel con la leyenda a mi compañero de viaje, una de las señoras mayores que conversaban con él en ese momento puso el ojo en lo escrito, se dió vuelta hacia mí y dijo:
- "¿John O´Donohue? ¿Ud. sabe de su libro Anam Cara?"
Le contesto que sí, que tengo su libro pero no conozco al autor, y ante mi sorpresa me suelta un disparatado:
- "¡Pero si John O´Donohue es él!", señalando a una persona que estaba justo detrás de mí.
Cómo explicar la exaltación que sentí al darme vuelta y ver a un señor con barba prolija, cabello ondulado, suéter con las mangas arremangadas y una expresión entre divertida y concentrada.
Di los dos pasos necesarios para dejar en nada la distancia que nos separaba y le pregunté una, dos y tres veces si él era John O´Donohue, el escritor. No es que no me escuchara. Estaba demasiado cerca y la expresión en inglés para preguntar "Are you...?" era demasiado sencilla como para confundirla. Sólo que a cada vez que me contestaba "Yes, I am", yo le agregaba un "Nooooo, you are joking !" (¡estás bromeando!), y le volvía a preguntar.
Cuando caí en la cuenta de que efectivamente era quien se suponía que era, mi cara debe haberse transformado en la perfecta expresión de sorpresa con la que podría haberse hecho una máscara como aquellas que se utilizaban en el teatro griego. No tenía espejo, pero esto lo deduzco porque John debe haberse quedado observándome unos diez segundos antes de preguntarme: "Bien, y quién eres tú...?"
**** Momentos
A veces hay un momento mágico. Un momento donde uno no piensa, sólo actúa. Se puede pensar antes de un momento mágico. Como por ejemplo aquel que todos debemos haber soñado alguna vez en donde si nos encontráramos cara a cara con alguna persona admirada, algún ídolo o quizás un viejo amor, ¿qué le diría en ese momento? Tal vez alguien piense en un artista famoso, un científico brillante o un exitoso deportista. Pero en el hipotético caso en que esto sucediera, uno sabe íntimamente que todo aquello preelaborado se olvida fácilmente en un recóndito rincón de la memoria, para venir tiempo después a la conciencia, que muchas veces convoca la frase trágica: -¿Por qué no le dije tal cosa, cómo no le pregunté tal otra?
Pero si la magia existe, las palabras no son del todo necesarias, sólo ayudan a encaminar sensaciones, ordenar expresiones o redondear sentimientos. No hace falta más.
Pero antes de contar lo que sucedió en aquel momento mágico, voy a relatar una anécdota, para el caso simpática, que sucedió ese mismo día en horas de la mañana.
Habíamos dormido la noche anterior en la ciudad de Cork, la segunda en importancia de Irlanda, después de Dublín. Nuestro guía nos venía contando lindas historias, como la del Titanic, que tocó tierra por última vez justamente en este puerto antes de su fatídico viaje. Luego del desayuno marchamos hacia un sitio llamado Blarney. Allí, nos decía, conoceríamos al mejor preservado de los castillos anglonormandos que quedan como recuerdo de la ocupación inglesa, que duró 700 años. No poca cosa, pensando que son casi 10.000 los castillos que se reparten regularmente en toda la isla.
Y nos decía que este castillo contenía algunas de las leyendas mas significativas de las que se cuentan por estos parajes. Tal vez la más conocida es la que habla de que en la cima de la torre principal, hay una piedra (stone) que forma parte de la construcción, pero que tiene poderes especiales. Poderes que son transmitidos a aquel que la besa, generándole a la persona en forma inmediata el beneficio de la elocuencia en grado supremo. Simpática historia que aunque no compartiera en su contenido (creo en que las piedras pueden transmitir cierta energía, pero nunca algo tan "específico", claro está), me generaba curiosidad al ver la larga fila de turistas que esperaban su turno para estampar el consabido beso, abonando para ello una entrada de interesante valor. El costo del diploma y la foto oficial certificando el momento se pagaban aparte...
Yo estaba mas interesado en algunas construcciones que había en los alrededores del castillo. Ellas comprendían un sistema de túneles y cavernas que conectaban diferentes sitios antes disimulados por terraplenes ahora inexistentes y frondosa vegetación. También una serie de ordenadas construcciones de origen celta asignadas a rituales de druidas y brujas. Quizás demasiado ordenadas para ser del todo reales, pero que de todas maneras enriquecían en lo concerniente a un primer contacto directo con un dolmen o un menhir, por ejemplo. Esa mañana recorrí allí en Blarney, una escalera esculpida en piedra en cuya cima había un pequeño pasadizo. Al salir del mismo, un cartel decía que aquel que pasara por allí, recibiría bendiciones y aclaraba que se trataba de la "escalera de los deseos", haciendo cumplir aquellos pensamientos que se tuvieran en mente al subirla lentamente. La anécdota vale cuando se asocia a lo que ocurrió por la noche de ese mismo día en el pub.
Vuelvo al momento mágico.
- "¿Y quién eres tú?", me preguntaba John.
En ese momento, no recuerdo con qué palabras exactamente, le digo mi nombre, que estaba en Irlanda porque entre otras cosas (muy pocas otras cosas, le llego a aclarar) quería conocerlo a él y que en ese momento estaba yo perplejo por la situación. Él hace inmediatamente una muy correcta lectura de la situación y me sigue preguntando:
- "¿Y de dónde es que has venido a Irlanda?"
- " Desde Argentina", llego a balbucear
Y mientras expresa un
- "Oh, desde tan lejos!"
nos damos un cordial apretón de manos y me dice (¡él a mí !) que era un gran placer estar allí conmigo.
Entonces, en un instante de lucidez verbal alcanzo a expresar, en cierto tono divertido, que bueno, que habría que sacar alguna foto del momento, que si me podía por favor firmar un autógrafo, le presento a mi amigo el suizo, le digo que admiro y recomiendo su obra y no sé si alguna cosa más. Para ese momento habíamos generado una situación simpática: éramos dos tipos relativamente altos, de pié, hablando y celebrando un encuentro fortuito, rodeado de no menos de diez personas entre las que estaban aquellas dos señoras mayores, el suizo y otra gente, que se miraban y expresaban un "Oh, mira a ese señor que vino de Argentina a encontrarse con John !".
Al cabo de unos minutos, entre fotos, firmas y entregas de datos mutuos (no me iba a perder el placer de darle mi tarjeta personal, aunque le aclaré modestamente que no sabía para qué podría servirle a él), me llevé otra sorpresa: me pidió que lo siguiera ya que tenía que ir a su combie, donde otra gente lo esperaba. Quería que lo acompañara porque me iba a obsequiar y a firmar por cierto, uno de sus libros de poesía que llevaba consigo, llamado Ecos de la memoria (no confundir con Ecos eternos, que es otro diferente, también de su autoría). En el trayecto entre el pub y su combie, alcancé a preguntarle que si bien él sabía ahora porque yo estaba allí en aquel momento, yo aún desconocía el motivo de su visita a Doolin, esta pequeña villa donde estaba sucediendo toda la escena. ¿Tal vez vivía allí? No, no era el caso. Estaba también de paso, con un grupo de personas que llegaron de Estados Unidos, para las que él representaba en ese momento, el guía. De hecho, estaba trabajando. Sólo de paso, una noche, en Doolin, después de cenar, para escuchar música en vivo en el pub. Igual que yo.
Me entregó el libro y allí sentí que el momento estaba por concluir. Que se había hecho realidad un deseo. Y que ese deseo había llegado al corazón de la persona que lo había generado al escribir años atrás un libro. Entonces le di un abrazo y le dije, en el mejor de mis castellanos:
- "Sigue escribiendo, John !"
No sé si habrá entendido este pedido, esta expresión de deseos, pero con su cabeza hizo un movimiento afirmativo que a mí me dejó lleno de satisfacción. Subió a su combie y se fue.
Volví al pub en un estado de excitación y placer que se convirtió en risa suelta y contagiosa al ver al suizo y a las señoras mayores que estaban esperándome. Entonces me senté, nos pedimos unas cervezas y chocamos los vasos y brindamos por la vida y por muchas noches como ésa y no sé por cuántas cosas más. Luego de beber más de la mitad del contenido espumoso de un tirón, me enteré que las dos señoras mayores, ahora llamadas Fredda y Corry, eran en realidad parte del grupo que acompañaba a John. Entonces, más serenamente, comencé a preguntarles qué hacían, cuándo habían llegado a Irlanda, cómo era un día entero compartiendo relatos, escuchando experiencias y leyendo textos de la mano de tan conspicuo guía. Durante más de una hora me describieron los días siempre cambiantes e inesperados, en los que nunca sabían de antemano el tema sobre el que hablarían, qué sitio visitarían, qué nuevo invitado tendrían a su mesa. Para el caso, me decían que John había convocado durante esa mañana a unos músicos para que en privado para el grupo mostraran sus artes e hicieran una demostración de las melodías que extraían de sus instrumentos, todos irlandeses por supuesto. Los mismos músicos a los que por la noche habían ido a ver a ese pub. Como yo.
Y allí volvió el recuerdo a María. Y les conté a mis nuevas amigas que no podía dejar de recordar a una señora que vivía en mi mismo pueblo, allá en La Argentina, que probablemente tuviera una edad similar a la de ellas y que sería muy feliz cuando le relatara este día a mi regreso. Me miraron con unos ojos muy celestes y muy dulces, me dieron la mano muy amablemente y preguntándome si yo creía en la magia. Sonrieron.
El mundo puede estar en sintonía, ciertas cosas pueden suceder, si se desean de corazón y se actúa de corazón. Porque siempre hay que actuar primero para luego obtener. Actuar como expresión del hacer, honesta y sinceramente, lo que se desea.
Luego de un tiempo que ya no alcancé a medir, la combie regresó al pub para recoger a Fredda y Corry y llevarlas al Hotel donde dormirían esa noche.
John bajó a buscarlas y cuando me vio dijo en perfecto castellano:
- "¡Salud, amigo argentino!"
Levantó sus manos y las juntó en símbolo de paz, me sonrió una vez más y partió.
Besé a mis amigas, las señoras mayores, retribuí el gesto de John y me quedé allí, con el libro autografiado en la mano, una fresca cerveza sobre la mesa y el suizo, compañero de tour, dispuesto a brindar una vez más.
Fabián Piqué
fabianpique@bariloche.com.ar