¿Puede una
canción volar? ¿Puede tocar y volver a tocar el hombro de un hombre, a lo largo
de décadas?
¿Y llevarlo
una y otra vez al momento mágico de un primer beso?
La Pequeña
Italia de Nueva York, ese barrio colorido y bullicioso que llena las mañanas de
aromas y ropa colgada, como en pleno Nápoles, con chicos gritando y jugando.
Allí, hace
años, un compositor inspirado como Stephen Bishop, captó en sus oídos el sonido
de guitarras, tambores y panderetas, que lo llevaron a crear una melodía
inolvidable y una letra alegre y entradora, que huele a bailes, desfiles,
celebraciones. La llamó “Little Italy” y fue un hit en los años ´80.
Esa canción
quedó sellada en mi memoria. En un momento donde mi boca apasionada supo besar,
mientras sonaba, a mi primera novia.
Durante
muchos años, aún ahora, cada vez que podía la escuchaba y recordaba a aquella
hermosa chica que una noche tuve abrazada por la cintura mientras bailaba a
ritmo lento.
El tiempo
pasó, y la canción voló.
Y llegó en
un momento a Bariloche, donde ya mucho más maduro, no podía evitar una sonrisa cuando
en la radio algún veterano disk jockey la elegía de entre miles de canciones
para amenizar el momento.
Hasta que…..
Noviembre de
2013, manejando entre montañas con la rubia al lado, pongo la radio luego de
días de no encenderla. Y ocurre la magia nuevamente.
Suena “Little
Italy”. Giro mi cabeza a la derecha y la miro. Estiro mi brazo y le rodeo la
cintura. Detengo la camioneta y beso aquellos mismos labios que hace 32 años.
La canción
voló.
Y yo también
Fabián Piqué