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viernes, 16 de noviembre de 2007

Ushuaia desde la altura de un ser humano


Ushuaia, Octubre de 2007

Poder ver Ushuaia, el canal de Beagle y todo su esplendoroso entorno desde un avión es sencillamente espectacular. Las montañas cayendo a pique sobre el mar, los fiordos, canales, islotes, recortan una costa única e inigualable en la geografía argentina.

Poder ver Ushuaia desde un barco o catamarán, que surca lento las frías aguas del canal, permite ver la multifacética y colorida ciudad a la vez de descubrir la curiosidad de los lobos marinos, el vuelo rasante de las intrépidas gaviotas, las grandes concentraciones de aves que se posan en aisladas rocas que apenas sobresalen del agua.

Poder ver Ushuaia desde una camioneta nos deja la sensación de alcanzarlo “todo” en pocas horas, sin dejar Museo, Presidio, Tren, Valle, sin conocer.


Pero caminar por la costa del canal, a lo largo de varias horas, escuchando solo el sonido de las olas golpear las rocas, los pájaros sorprendidos por nuestra presencia, el viento aullando entre las lengas, nos permite sentir la escala humana verdadera, en medio de esta naturaleza soberbia, casi igual a como la encontraban los antiguos yamanas que navegaban y vivían siempre cercano a esa sutil y cambiante línea que separa los dos mundos: la tierra y el agua.


Esta es la invitación que logramos concretar gracias a Sabrina y su bien dispuesto Guía especializado en esta zona, de nombre Osvaldo, quien prestamente nos puso en situación de iniciar nuestra expedición allí en la Bahía Ensenada, frente a la isla Redonda, dentro ya del Parque Nacional. Nos contó que podíamos enviar nuestra tarjeta postal desde “el correo del fin del mundo” que se ubica allí, justo frente al muelle viejo que sirve de partida a la senda costera señalizada tiempo atrás por los Guardaparques.

Y con ritmo lento, ojos asombrados y corazón latiendo por la emoción, arrancamos caminando entre lengas y otras especies que iban siendo presentadas una a una por Osvaldo, con certeras indicaciones que nos permitía diferenciar sus hojas, sus colores. Más adelante, la variedad de cauquenes, patos, bandurrias y pájaros carpinteros, iban apareciendo primero por sus sonidos, luego por su presencia. Algunos incluso quietos, como para permitir un lindo encuadre de nuestras sofisticadas cámaras fotográficas.

Al promediar el recorrido, ya estábamos ensimismados por el verde y el azul, con sus diferentes tonalidades a medida que el sol se escondía y aparecía detrás de juguetonas nubes. En un momento, alguien saca un mate, nos enseña como se sirve y como se toma, y allí nomás Osvaldo ataca con su completa vianda prevista para alimentar nuestros cuerpos e igualar lo que se nos venía dando de alimento para el espíritu.


Para el atardecer nos quedaba otra sorpresa, la entrada en la Bahía Lapataia, allí donde se terminan todos los caminos, y la quietud más plena, lejana a los trillados grupos de turistas que llegan por la ruta. Para nosotros, los conejos, los castores, algún cóndor volando alto, eran los acompañantes.


Definitivamente, se reconoce “otra” Ushuaia si se permite recorrerla y caminarla desde nuestra propia altura, la humana, y así es como sugiero hacerlo en la visita al Fin del Mundo. Gracias Sabrina, gracias Osvaldo, espero sigan atendiendo y llevando turistas a esos sitios de esa forma, para que puedan acercarse a lugares tan únicos de una forma tan agradable.

Fabián Piqué
fabianpique@bariloche.com.ar

2 comentarios:

Ana dijo...

Ojalá sigan llevando a turistas pero también a viajeros como vos. Y valga la diferencia.
No sé si tu relato tiene que ver con una cuestión de altura, pero sin lugar a dudas de vuelo. Exquisito vuelo.

Abrazo de sal y arena.

Aurore dijo...

Todos los sentidos despertidos, escuchando una música suave - igual si no es una música argentina - caminé en estes mundos leendote. Gracias