Buenos Aires, en los '80
La cancha de bochas
El aroma del guiso de lentejas traspasaba la puerta de calle, haciendo agua la boca. A esa hora, ya casi las 8 de la noche, las ganas de una buena comida podían más que el cansancio de un día largo, que comenzaba en el trabajo por la mañana y seguía en el estudio por la tarde. Ya el trayecto desde el Instituto en Belgrano hasta mi casa en Núñez daba para imaginar ese guiso o cualquier otra de las sabrosas comidas que Mamá preparaba para cada cena.
Sin embargo, esa puerta de calle que parecía tan transparente y liviana antes de abrirse, se convertía en una pesada exclusa de hierro cuando la abría y veía que Papá, otra vez, no estaba sentado a la mesa. La mirada distraída de mi hermano menor y los juegos inocentes de la más pequeña, no disimulaban la angustia y resignación de Má, cuando indefectiblemente, cada noche, yo le preguntaba
- ¿ Y Pá, dónde está ?
Mi ilusión de que dijera “está en el baño” o “se recostó un rato” duraba muy poco. La respuesta era, siempre, “se fue al bar”. Y entonces, esa compuerta que había quedado a mi espalda, se abría nuevamente, lentamente, mientras le decía
- Entonces esperame que ya vuelvo.
Las 3 cuadras que separaban la casa del club eran tranquilas calles de barrio. Quizá algún vecino haciendo compras de último momento se paseaba, bolsa en mano, rumbo al almacén. La mayoría de las veces, solo los perros que asomaban el hocico por las puertas de rejas saludaban mi cansino andar.
Al llegar al club, tragaba saliva y abría esa maldita puerta de chapa, que separaba el barrio y la familia del peor antro que existía, el que devoraba padres inocentes y trabajadores, y los quitaba de las mesas dispuestas para la cena hogareña.
Esa era mi bronca, interna, con la que trasponía ese umbral cada noche.
En realidad, el club era un tranquilo salón, con bar y comedor, que reunía a jugadores de ajedrez y truco, donde se debatía sobre fútbol, política y chusmeríos del vecindario. Contra un costado, a la derecha, estaba la barra, alta, con sus sillas con patas de cigüeña y la tv colgada de la pared.
Al fondo, saliendo por un estrecho pasillo, se llegaba a la cancha de bochas, que era de tierra bien pisada, con alambre sobre el lateral.
- ¿ Qué te parece, le tiro o arrimo al bochín ?
Yo escuchaba de lejos las preguntas que se hacían entre los compañeros de juego, pero mientras miraba, el latido cada vez más acelerado del corazón me ponía en el tema, en la razón de mi presencia allí.
¿Cuál sería? ¿Ese de espaldas, con el codo apoyado en la barra y fumando un cigarrillo?
¿O aquel otro, allá lejos, medio tapado por el gordo Alfredo, que se está fijando si la bocha lisa o rayada ganó el punto?
Era uno u otro. Pero nunca era alguno de los que sonreían alegremente con algún chiste o venía rápidamente a saludarme. No.
Era el de la barra, que en silencio tomaba otro vaso, o el que apenas podía mantenerse de pié en la cancha de bochas entre tiro y tiro. Siempre igual.
Yo iba, me hacía ver por él, me acercaba sin hablar. El me reconocía, creo que se sonrojaba, seguía en lo suyo y al rato, recién al rato, les decía a los que tenía cerca
- Me voy, parece que vinieron a buscarme.
Cuando salíamos del club, ya solos, me saludaba torpemente y comenzaba a caminar con paso dudoso rumbo a casa. Esas 3 cuadras se hacían eternas, pero servían para que se recompusiera un poco, antes de volver a abrir aquella puerta de calle, que ya no transmitía tanto rico aroma a comida casera.
Claro, se había enfriado.
Apenas entrábamos, todo se ponía en movimiento y en breves minutos, ya estábamos comiendo frente al televisor que seguramente pasaba las noticias.
Así fue durante mucho tiempo.
Un día, sin embargo, llegué a la casa y allí estaba, sentado a la mesa esperando que mamá le llenara el plato.
Y al otro día, igual.
El tiempo pasó y cuando nos dimos cuenta, Papá ya no tomaba.
El lento proceso había seguido su marcha, inexorable, hacia la curación. La curación de esa familia que de a poco salió del alcoholismo y se fue restableciendo en salud, primero física y después de todo tipo.
El proceso sigue, no concluyó. ¿Concluirá alguna vez?
No lo sé.
Solo recuerdo que aquella cancha de bochas era la odiada guarida y también la querida certeza de saber que, aunque fuera de a pedazos, contenía y retenía al gigante que algún día se iba a reponer de aquellos excesos.
Y pensar que nunca, pero nunca, me animé siquiera a intentar arrimar el bochín.
Fabián Piqué
fabianpique@bariloche.com.ar
2 comentarios:
Me leiste el relato, en manuscrito y al pie de un acantilado. Y llorè.
Hoy lo reencuentro, bonito de blogspot, y lloro.
Bello relato, Fabiàn. Bella historia, conmovedora viviencia.
Te abrazo.
emocionante testimonio de un corazon lleno de amor.
Estoy descubriendo unos de tus talentos : Tu fuerza interior que viene de esta capacidad de Amor y tu habilidad a escribir, narrar.
Abrazo de luz por mi hermano de luz
Publicar un comentario