Amigo, decime que se siente
Crónica de un viaje a Brasil
Crónica de un viaje a Brasil
El Brasil, en Mayo. Este enorme y subyugante país hermano que atrae la atención desde hace décadas de nosotros, argentinos curiosos, inquietos, a veces envidiosos, innovadores. Aquí vinimos en 2014 a cantarles en la cara nuestra "paternidad" futbolera. Aquí llegaron en 2016 miles de deportistas persiguiendo el sueño de la gloria olímpica.
El Brasil que sostiene todo, mezclado, a la vez, tan en simultáneo que abruma con lo frondoso y exuberante en el sentido en que uno lo mire. Mundial de fútbol y favelas. Olimpiadas y una presidenta echada del poder. Aviones Embraer y una empresa constructora corrupta de tamaño tal que está haciendo tambalear a políticos de todo el continente.
Los miro y me miro. Veo la "Cidade maravilhosa" de otros tiempos y la pongo en contexto actual. Imagino lo mismo que cuando escucho de Buenos Aires el viejo y ahora un poco cruel "La París de Sudamérica".
¿Qué hay de nuevo? Le pregunto al motorista del aeropuerto que nos lleva por la rodoviaria a velocidad vertiginosa rumbo a la siempre atractiva Copacabana.
- Poco, casi nada. Por las Olimpiadas quedaron unas estaciones nuevas de metro, hacia Barra da Tijuca. Y el Maracaná con sus retoques. Bonito, pero nada más.
En mi imaginaria fantasía urbana habían aparecido nuevas rutas, calles con murales y obras de arte, espacios para hacer deporte a cada cuadra. De eso, nada. La ciudad de siempre se tragó rápidamente, como la selva nativa que crece desaforada, a las sombras de los Bolt, los Ginobilis, los Phelps, los Del Potro.
Alcanzo eso sí, a ver las mismas construcciones precarias rojizas que trepan por los morros y se cuelgan del verde, para contraste notable con el blanco y el azul. Hacia arriba, el rojo ladrillo a la vista y la verde foresta salvaje. Hacia abajo, los sofisticados hoteles de colores de blanco pálido y el mar azul del color del cielo.
¿Y el fútbol? ¿Pueden volver a soñar con ser "campeoes", como en los tiempos de gloria? Claro que sí. No hay pueblo más futbolero que el brasilero, y se percibe en las calles que aquel lejano 1 - 7 contra los alemanes ya quedo en el olvido. Hoy es todo fiesta, están felices con el nuevo seleccionado con Neymar a la cabeza. La final carioca que justo se juega en estos días entre el Flu y el Fla, la vivo en cada bar, en cada esquina, donde se entremezclan las camisetas y las banderas por igual. Lo veo y no lo creo. Unos al lado de los otros. Y las mujeres casi a la par, gritando desaforadas los goles del rojinegro Flamengo que finalmente le dan un nuevo título local.
Pero hay algo. Es una tristeza extraña. Es una sensación de que "algo falta". Somos tan parecidos. Los miro y me miro.
Los de Lula fueron tiempos felices, para la gran mayoría. Los de Dilma trajeron, me dicen, una señal de alerta. Pero los de Temer, con la corrupción destapada y que sigue supurando, crearon una sombra gris, un velo que lo cubre todo, un vaho con olor raro. Así se vive y lo siento.
Me voy a Buzios, cambio de geografía. Voy a lo pequeño. La pequeña península, las pequeñas bahías, las angostas playas, las calles serpenteantes de pocas cuadras.
Aquí la belleza prístina de los tiempos de la rubia Bardot está quedando como ella, algo ajada, como la fantástica sex symbol que fue cuando caminaba suelta de cuerpo y en topless por aquí. Los recuerdos de un charme que los años y los miles de turistas que pasaron fueron quitándoles el lustre.
¿Se descansa? Seguro. Y también se nada en aguas todavía cristalinas, y la caipirinha sigue siendo rica. Sólo que mi mirada ve también algunos indicios de crisis en las ruas y praias algo sucias, en las Pousadas que ya no deslumbran.
El
nativo propio de aquí escasea, como en tantos otros pueblos turísticos. Son
casi todos venidos de otras latitudes en busca de prosperidad y vida diferente.
Lo primero, lo de encontrar prosperidad, pocas veces se verifica: uno ve muchos
argentinos atendiendo bares y hostels, ofreciendo excursiones, haciendo
artesanías en las plazas o caminando por la arena entre las sombrillas,
vendiendo mallas y pareos. Lo de lograr una vida diferente es más seguro que se
concrete. Siempre pasando el día en ojotas y shorts, o en zapatillas y shorts
al caer la noche. Lo descontracturado, el olor a mar y puerto pesquero, las
temperaturas casi siempre por encima de los 18 grados, hacen que la experiencia
de vida sea realmente original.
Para
completar este viaje busco ahora el tercer vértice del extenso Estado de Río de
Janeiro. Voy hacia las alturas de casi 2000 metros que coronan el Parque
Nacional Serra Dos Orgaos, que debe su nombre a las formas puntudas de sus
cimas, cual órgano de catedral. La reserva natural preserva una interesante
muestra de "mata atlántica", aquella selva que llegando desde el
Amazonas conformaba una única alfombra verde de miles de kilómetros y que
incluía al "mato grosso" y "el pantanal".
Hoy,
de esta formación costera quedan sólo manchones, protegidos escasamente de la
presión demográfica y agrícola que abre surcos que se ensanchan año a año para
generar espacios habitables y cultivables. Esta selva es
"secundaria", es decir nacida y desarrollada luego de que la
"primaria" original fuera talada. Igual crece y se hace habitáculo
necesario de más de 400 especies de aves que encuentran allí refugio, entre
ellas el jacu, el más visible y llamativo.
El
Instituto de gobierno y control de las áreas naturales que organiza y concesiona
los servicios turísticos en Iguazú, Tijuca y aquí, se llama Chico Mendes, en
honor a un notable ecologista y sindicalista que fuera asesinado en 1988 por oponerse
a la tala de la selva amazónica, a manos de inescrupulosos terratenientes.
Llamativo ejemplo de un héroe contemporáneo reconocido por el Estado y
recordado por la canción "Cuando los ángeles lloran" de Maná, la
banda mexicana tan sensible al drama humano.
Sorprende
en esta región los nombres de las 2 ciudades que hacen de límite externo y a la
vez de portal de acceso al Parque, que son Teresópolis y Petrópolis. Polis, la
ciudad. En este caso, de Teresa y Pedro. ¿Quiénes eran estos personajes que ameritan
tener su marca en poblaciones que superan las 100 mil almas al día de hoy?
El,
Pedro, hijo de Joao VI rey de Portugal llegado a estas tierras empujado por la
invasión de Napoleón a la península ibérica. Este Pedro, que cruzó el Atlántico
a los 6 años de edad y se quedo para crear la monarquía brasilera y darle una
suerte de independencia de la corona lusitana, en 1822, cuando acordó con su
hermano portugués que aquí, en Sudamérica, era mejor un rey local a ningún rey.
Pedro I tuvo un hijo, Pedro II (vaya originalidad), que se casó con la tal
Teresa y fueron rey y reina vernáculos hasta sus respectivas muertes en 1889 y
1891.
Si
bien el Palacio de Gobierno estaba en la capital, que por aquel entonces era
Río, el Palacio de veraneo estaba aquí, entre las sierras, en la "ciudad
de Pedro". La simple "pesquisa" (investigación) permite a
cualquiera averiguar que sorprendentemente aún persiste el
"laudemio", un valor obligatorio del 2,5 % del valor de venta de las
propiedades del centro de la ciudad que todo comprador debe tributar a los
actuales descendientes de Pedro y Teresa. Resabio alarmante de épocas realistas
que parecían acabadas desde hace mucho.
El
Brasil de hoy, el gigante que siempre amaga a terminar de despertarse y tirar
como locomotora a nuestra Sudamérica todavía indefinida en el rumbo a seguir.
En esta nueva suerte de transición histórica donde otro ciclo de 10 años acabó
con suerte dispar y un sabor amargo por lo que pudo haber sido y no fue. En los
inicios de otro ciclo donde la región intentará decidir si está para marcar la
cancha y gritar: - !Este es mi partido y aquí están mis dones!, o se sume a la
globalidad que tiene hoy al mundo en un borde muy borde, de espaldas a la
conciencia del decisivo rol del hombre para con la naturaleza y la
biodiversidad.
Los
miro y me miro. Que parecidos somos.
Amigo,
decime que se siente...
Fabián
Piqué, Mayo de 2017

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