cascada

cascada

miércoles, 23 de enero de 2013

Atisbos de profundidad



Atisbos de profundidad
Llegar a los 50, para comprender que a cada paso dado, le puede caber una mirada que puede ser insondable, muy profunda, que llene ese momento de significancia.
Llegar a los 50 viendo que en vez de correr de aquí para allá, se puede disfrutar del simple permanecer, para poder percibir a cada paso, el matiz del color, del sonido, del gusto.
Intentar concebir a cada persona que se acerca a mi burbuja, como un reflejo de mi ser, donde rasgos, acciones y dichos me muestran facetas propias, contribuyendo a mi crecimiento.
Es tiempo de lo profundo, quizá no de lo disperso.
Siento más cerca el Estar, aquel secreto guardado por siglos que sale a la luz a lo largo y ancho de Abya Yala. Ya somos, por derecho de nacimiento. Ya hicimos, por adquisición cultural. Ahora Estamos, evolución constante que nos aproxima más a la Mapu, a su latir.
El tiempo reciente en que estuve sentado frente a la cascada del jardín Japonés de Buenos Aires, graficó muy bien el momento. Quieto, mirando, escuchando. Primero el agua, luego los pájaros, que aún escasos logran abrirse camino entre tanto bullicio. Y la gente. Que pasa delante, cámara en mano, buscando compulsivamente el mejor ángulo para la foto, haciendo de cuenta de que “estaban en la cascada”, pero priorizando el registro fotográfico que probara a otros que “habían estado en la cascada”. Pero ni se detienen frente a ella, a verla, a escucharla, solo pasan, y en 8 segundos ponen sus rostros congelados para dar testimonio, y siguen de largo. Como esa señora mayor que le dijo a su marido, que la seguía con tranco cansino: “me hace acordar a Bariloche”. Era más importante el recuerdo lejano que ese momento presente. Pasaron casi sin detenerse.
En esa media hora, la única entre decenas que se detuvo fue la chica de la silla de ruedas. Llegó, observó, sonrió, se incorporó sobre sus endebles piernas y entrecerró los ojos para escuchar. Recién después se marcho, empujando las ruedas sobre el adoquín del camino.
Ante todo esto, vale mi reflexión sobre la profundidad.
En “nuestra tierra”… ¿Es verdaderamente “nuestra”? ¿Somos acaso sus dueños? Nuestro territorio… ¿Qué hice yo para adquirir su propiedad? ¿Acaso la compré sin saberlo? No creo. Entiendo ahora que la Madre Tierra nos contiene, nos entrega sus frutos y riqueza, haciéndonos participar de su abundancia. Cuánto por aprender.
Bienvenidos 50, por otros tantos, en plena Era de Acuario, la del Retorno.
Aquí estamos.
Fabián Piqué
Bariloche, 24 de Enero de 2013

1 comentario:

Anónimo dijo...

Foto de la cascada, ja!, si además la del JJ es de cemento... A diferencia de estas imágenes; siempre sorprende que la naturaleza no sea consciente de su belleza, no?
FELICES 50!