Atisbos de
profundidad
Llegar a los 50, para comprender que a cada paso dado, le puede
caber una mirada que puede ser insondable, muy profunda, que llene ese momento
de significancia.
Llegar a los 50 viendo que en vez de correr de aquí para
allá, se puede disfrutar del simple permanecer, para poder percibir a cada
paso, el matiz del color, del sonido, del gusto.
Intentar concebir a cada persona que se acerca a mi burbuja,
como un reflejo de mi ser, donde rasgos, acciones y dichos me muestran facetas
propias, contribuyendo a mi crecimiento.
Es tiempo de lo profundo, quizá no de lo disperso.
Siento más cerca el Estar, aquel secreto guardado por siglos
que sale a la luz a lo largo y ancho de Abya Yala. Ya somos, por derecho de
nacimiento. Ya hicimos, por adquisición cultural. Ahora Estamos, evolución
constante que nos aproxima más a la Mapu, a su latir.
El tiempo reciente en que estuve sentado frente a la cascada
del jardín Japonés de Buenos Aires, graficó muy bien el momento. Quieto,
mirando, escuchando. Primero el agua, luego los pájaros, que aún escasos logran
abrirse camino entre tanto bullicio. Y la gente. Que pasa delante, cámara en
mano, buscando compulsivamente el mejor ángulo para la foto, haciendo de cuenta
de que “estaban en la cascada”, pero priorizando el registro fotográfico que
probara a otros que “habían estado en la cascada”. Pero ni se detienen frente a
ella, a verla, a escucharla, solo pasan, y en 8 segundos ponen sus rostros
congelados para dar testimonio, y siguen de largo. Como esa señora mayor que le
dijo a su marido, que la seguía con tranco cansino: “me hace acordar a
Bariloche”. Era más importante el recuerdo lejano que ese momento presente.
Pasaron casi sin detenerse.
En esa media hora, la única entre decenas que se detuvo fue
la chica de la silla de ruedas. Llegó, observó, sonrió, se incorporó sobre sus
endebles piernas y entrecerró los ojos para escuchar. Recién después se marcho,
empujando las ruedas sobre el adoquín del camino.
Ante todo esto, vale mi reflexión sobre la profundidad.
En “nuestra tierra”… ¿Es verdaderamente “nuestra”? ¿Somos
acaso sus dueños? Nuestro territorio… ¿Qué hice yo para adquirir su propiedad?
¿Acaso la compré sin saberlo? No creo. Entiendo ahora que la Madre Tierra nos
contiene, nos entrega sus frutos y riqueza, haciéndonos participar de su
abundancia. Cuánto por aprender.
Bienvenidos 50, por otros tantos, en plena Era de Acuario,
la del Retorno.
Aquí estamos.
Fabián Piqué
Bariloche, 24 de Enero
de 2013
1 comentario:
Foto de la cascada, ja!, si además la del JJ es de cemento... A diferencia de estas imágenes; siempre sorprende que la naturaleza no sea consciente de su belleza, no?
FELICES 50!
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