Dice el escritor irlandés John O´Donohue:
“….Al abrir la boca, sacamos sonidos de la montaña que hay debajo del alma. Esos sonidos son palabras. Ellas conservan para nosotros lo que llamamos “mundo”. Intercambiamos sonidos y formamos pautas, vaticinios y bendiciones. Cada cual crea incesantemente.
Cada persona extrae sonidos del silencio y seduce lo invisible para que se haga visible.”
Y es así, las palabras nos definen el mundo que creamos, a través de nuestra mente y pensamientos vamos construyendo nuestro entorno, y abramos o no la boca para decirlas, la significancia que le damos a dichas palabras nos determinan asociaciones que luego nos condicionan.
Cuántas veces habremos utilizado como sinónimos las expresiones emocionales o sentimentales. Cuántas veces habremos definido una emoción como “un sentimiento”, y un sentimiento como “una emoción”. ¿Será porque no nos detuvimos a comprender la diferencia?
A mí me ayudó bucear, remover, hurgar, hasta dar con mi definición personal, que facilitó el proceso de crecimiento.
Primero me fijé en el diccionario, que dice más o menos lo siguiente:
emoción. f. Estado del ánimo que se caracteriza por una agitación a causa de impresiones de los sentidos, o de recuerdos o ideas. Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática. Interés expectante con que se participa en algo que está ocurriendo.
sentimiento. m. Dolor, aflicción. Acción y efecto de sentir o sentirse. Estado afectivo del ánimo producido por causas que lo impresionan vivamente. Estado del ánimo afligido por un suceso triste o doloroso.
Esto no me aclaró mucho para diferenciar entre ambas palabras.
Entonces traje finalmente mi propia comprensión, que es la siguiente:
Defino la EMOCIÓN como aquello innato del ser humano, que está dentro de nuestro organismo y que responde a un hecho externo que dispara una química que sirve para darnos un alerta, placentero o no, para llamarnos la atención sobre algún aspecto que se nos instala en el cerebro, sea producto de un recuerdo o de algo que estamos recibiendo a través de los sentidos (puede ser la vista, generalmente, o el tacto, o el oído, o el gusto incluso).
La emoción es un detector natural que todos tenemos, que si dejamos que se descontrole y gobierne nuestros actos, a veces puede salvarnos de un peligro, pero muchas veces probablemente nos lleva a realizar actos que luego no serían aprobados por nosotros mismos en estado de calma.
El centro que gobierna la emoción y donde se genera está en el cerebro.
En cambio el SENTIMIENTO es aquello que decididamente nosotros construimos a partir de actos de amor, voluntarios, que se “ensalsan” con emociones pertinentes (a veces, otras no), pero que nunca debieran ser confundidos con ellas.
El centro que gobierna el sentimiento está en el corazón, de allí proviene y de allí que es tan importante motorizar nuestras acciones desde “el sentimiento” y no desde un arrebato emocional.
Cuanto más cerca estemos siempre de considerar nuestro sentir como la guía de las acciones cotidianas, más sabiduría traeremos a nuestras vidas, tendremos acciones más amorosas y construiremos relaciones de pares (pares como seres humanos, no por la personalidad necesariamente).
Hago una raya divisoria a la altura del pecho y percibo si lo que me está guiando a cada momento está por encima de dicha raya (proveniente de una emoción) o si está por debajo (gestado en el corazón, mi mayor guía, donde se afincan mis sentimientos).
A mi me ayudó verlo de esta manera.
¿Y a vos?
Fabián Piqué
Mayo de 2009
fabianpique@bariloche.com.ar
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